MARCIA TAMBUTTI

Nieta desarma el mito y muestra un nuevo Allende

Tambutti es bióloga, pero se convirtió en cineasta para investigar la vida privada de su abuelo, el expresidente socialista chileno, Salvador Allende. En el proceso recibió el rechazo familiar, lo que quedó reflejado en Allende mi abuelo Allende, un documental revelador y emotivo que el año pasado participó del Festival de Cannes, y que se exhibe mañana domingo y el martes 24 en la Sala Zitarrosa.

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Como directora logró que su familia rompiera el silencio. Foto: Difusión

—Usted es bióloga, pero decidió dirigir un documental, ¿qué fue lo que la llevó a relacionarse con el cine?

—Nunca había experimentado en cine, pero el impulso fue más fuerte, fue como algo vital: si me iba a embarcar en un viaje profundo de conocer a mi abuelo tenía que compartirlo, porque crecí con la sensación de que mi abuelo le pertenece a mucha gente.

—Le llevó más de ocho años realizar la película. ¿Cómo fue afrontar un rodaje sin tener experiencia?

—El montaje nos tomó cuatro años. El proceso inicial también fue largo, porque mi familia estaba bastante renuente: demoré un año en convencer a mi madre de que accediera a ser filmada. Entonces comencé entrevistando a amigos de la familia. En paralelo a la realización, empecé a tomar cursos cortos de escritura de guión, de documental, de dirección, pero yo sabía que necesitaba estar rodeada de un equipo de profesionales.

—¿Cuándo decidió que sería la protagonista de la película?

—No se me había ocurrido que me convertiría en un personaje, pero creo que fue la misma resistencia de mi familia la que me hizo pensar que quedarme atrás de la cámara era una postura cómoda. Si yo quería generar un diálogo fluido y natural, tenía que ser como si la cámara no estuviera ahí, y para lograrlo debía estar delante y no atrás, a salvo, observando la incomodidad de los otros.

—Muchas veces sus familiares no le responden, ¿fue frustrante toparse con esta aversión o rápidamente le encontró un valor a ese silencio?

—Lo complejo es que yo sabía desde el inicio que iba a haber gestos sutiles de esa resistencia, pero los quería filmar igual. Pero cuando sucede, cuesta. Muchas veces me sentí frustrada e interrumpí el silencio de mala manera. Fue difícil. Sobre todo dividirme como nieta y directora, queriendo que los "personajes" me den ciertas respuestas, que cuando ocurrían la directora estaba feliz pero la nieta no estaba tan preparada para recibirlas.

—¿Pensó en abandonar el proyecto?

—Sí, pero cuando fui encontrando fotografías y se las mostraba a mis tías y a mi madre, ver la alegría que les provocaba era un incentivo.

—¿Cómo fue mostrarle la película a su familia?

—Estaba muy asustada, así que organicé una función privada un domingo a la mañana. La respuesta fue increíble, porque no me esperaba que fueran tan generosos. Curiosamente lo que me comentaron fue que nunca se habían dado cuenta antes de que había sido muy difícil para mí. Por fin pudieron ponerse en mis zapatos.

—¿Comenzaron a hablar más seguido de su abuelo?

—A raíz de la película hemos ido conversando temas que estaban pendientes. Mi familia la vio como cinco veces. Sobre todo es fuerte porque han ido a funciones con público, y el hecho de que muchas familias en Chile se sientan reflejadas con lo que nos pasó les ha dado seguridad de que abrir esos recuerdos fue positivo.

—¿Recibió críticas?

—Durante la realización. Me decían cosas como "tú no tienes derecho a hacer esto": era gente que temía que fuera cuestionado el mito. Pero creo que la película ayuda a conocerlo mejor, expone sus debilidades pero sin quitarle sus fortalezas.

—Encontró muchas fotos que jamás había visto, ¿cuál es su preferida?

—Una que lo muestra en el agua, nadando, y sin lentes. Y otras que lo muestran rodeado de niños, como estaba siempre.

—También encontró una filmación doméstica.

—En la que lo vemos jugando y riendo. Sus hijas no lo reconocieron. Creo que incluso en la familia se había instalado la imagen del héroe, y que era necesario sacudirla.

Con valentía.

Salvador Allende duerme en un sillón tapado con su abrigo. Salvador Allende abraza con ternura a dos de sus nietos, cuidando que no se resbalen. Salvador Allende juega con su mascota, un perro collie. Pero el héroe chileno quizás no era un buen marido: engañaba a su mujer asiduamente, discutía con ella, había convertido su carrera política en el centro de la vida familiar. ¿Y cómo lidiaron los mayores con su muerte? ¿Cómo esto afectó a los niños? En el film, una nieta hace las preguntas incómodas.

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