Obituario

Murió Jorge Abbondanza, el periodista que nos enseñó a mirar el arte y la vida

Fue jefe de Espectáculos de El País, ceramista destacadísimo y uno de los grandes referentes culturales del último medio siglo; tenía 84 años

Jorge Abbondanza
Jorge Abbondanza, 1936-2020

Conocí a Jorge Abbondanza, en lo que probablemente haya sido la primavera de 1988, aunque el almanaque de los recuerdos no es demasiado confiable. Lo conocí, de hecho, acá en esta redacción que se recuerda más oscura, quizás más fermental. También sé por qué no se me borró ese momento: uno no se olvida del encuentro con un prócer personal.

Ya cuando lo saludé con timidez dejó bien claro, con un par de gestos, que era, además, un encanto de tipo. Yo ya sabía que era uno de los grandes periodistas culturales de la historia del Uruguay pero él no me lo hizo notar. Yo era apenas un joven crítico que quería su carné para entrar gratis a ver películas —él, por entonces, era el presidente de la Asociación de Críticos de Cine— pero me trató como un igual. Era así de generoso.

A esa altura de su vida, Abbondanza —quien ayer falleció a los 84 años— era todo lo que un aspirante a cronista cultural anhelaba: tenía una carrera importante, una pluma vibrante e imaginativa, era dueño de un conocimiento que no sabía de compartimientos vacíos, y tenía una obra artística propia y una elegancia y unos modales que ya incluso parecían pasados de moda pero que siempre fueron parte de su porte. Era, además, el jefe de la sección Espectáculos de El País. Y eso siempre fue una gran condecoración.

Con ese bagaje, Abbondanza fue un artista destacado, un intelectual y una referencia cultural para generaciones de uruguayos. Su muerte, como la de todos los de su estatura, deja la sensación del fin de una época.

“Fue un renacentista, un hombre completo”, dijo a El País, el periodista cultural Jaime Clara. “Un tipo demasiado honesto, muy riguroso y de una sensibilidad exquisita. Esa cabeza se va a extrañar”.

Había nacido en Montevideo en 1936 y empezó a escribir en los diarios El bien público y El Ciudadano, aunque el grueso de su trabajo periodístico lo hizo en estas páginas, en las que escribió durante 49 años. Tuvo una columna, Señalero, en la que analizaba, la política, lo social y lo cultural con un retórica independiente y aguda. Sabía lo que estaba mal y sabía cómo decirlo.

“Nunca me planteé el reconocimiento, no corresponde”, dijo en una entrevista en 2017. “Siempre me consideré como un pequeño puente tendido entre las obras artísticas (cine, teatro, plástica) y el público. Un periodista es un obrero cultural, y solamente eso. Intenté resultar útil al lector”

Después de estudiar dibujo y pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes, pasó al taller del ceramista Enrique Silveira con quien compartiría su vida personal y artística desde 1957. En 1999 esa obra conjunta recibió el Premio Figari y en 2017, ambos donaron una treintena de sus piezas (en las que convertían en arte exquisito, una técnica ancestral) al Museo Nacional de Artes Visuales. Fueron presentadas en una exposición Silveira y Abbondanza: un legado, la última muestra del trabajo de estos dos creadores que pasearon su arte por varios países y ganaron premios municipales.

Pero, más allá de la maravilla de su obra como ceramista, Abbondanza fue uno de los grandes periodistas culturales de Uruguay. Cuando a mediados de la década de 1980 anunció que se retiraba de la crítica teatral, el ambiente cultural se inquietó: su buen gusto y cómo lo reflejaba en sus notas tenían la contundencia de un canon para el consumidor cultural de aquella época.

Es que esa formación renacentista, un concepto que se repitió ayer cuando se conoció la noticia de su muerte, le daba a su mirada sobre el cine y el teatro una conjunción todos los campos que le interesaban, que eran muchos. Sus notas eran lecciones de ética, estética que se apoyaban en lo histórico e incluso en lo político.

Ya no se escribe así, por ejemplo como comenzaba su crítica del Pater Noster que Mario Morgan dirigió en 1979: “Es como una tormenta, que crece lentamente desde algunos nubarrones iniciales hasta el pavoroso relampagueo del final. Por allí sube la parábola de Langsner, que comienza en el tono casual —pero premonitorio— de una comedia doméstica y corre luego com un trueno subterráneo cuando la situación se enrarece, se crispa y estalla por fin en un extremo de horror”. Preciso y precioso.

Una ínfima pero suculenta colección de sus artículos quedó compilada en El gran desfile, el libro editado en 1996 por Ediciones de la Plaza.

Allí en la contratapa, hay una breve reseña biográfica bajo una foto que lo muestra con los lentes en la frente, la camisa remangada frente a una computadora y con la redacción de fondo.

No hay mejor retrato que ese para recordar a un periodista de raza: en su lugar de trabajo y con sus herramientas cerca. El resto, era la magia de una prosa y una sensibilidad de esas que, perdón la insistencia, ya no se consiguen.

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