TORRES GARCÍA

Moderno que trasciende límites

Lo fundamental de la obra del artista uruguayo se instaló en Málaga, y El País estuvo ahí.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Torres García: un moderno en la Arcadia llegó hasta el Museo Picasso de Málaga. Foto: AFP

Joaquín Torres García era ya una figura destacada del modernismo catalán cuando se le encargaron los frescos para el salón Sant Jordi del Palau de la Generalitat hacia 1912. Para ese entonces ya estaba asentado en las tierras que lo recibieron a él, con 17 años, y a su familia cuando abandonaron Montevideo para buscar nuevos horizontes; había estudiado y se había ganado un lugar por mérito propio entre los principales artistas de la época con un estilo académico pero bien moderno.

Por rebelde, por incomprendido o simplemente por adelantado a sus tiempos, el uruguayo plasmó en un fragmento de ese fresco una idea de Fausto de Goethe, que le traería varios problemas y lo terminaría impulsando a emigrar una vez más. "Lo temporal no es más que un símbolo", escribió, y su atrevimiento hizo ruido en una época de tensiones políticas.

Torres García tenía en 1916 42 años, y aunque para ese entonces la corriente que iniciaría —el inspirador universalismo constructivo— todavía no estaba ni cerca de definirse, el tiempo y el símbolo, dos aspectos claves en su obra, ya estaban apareciendo en escena.

Con ese y otros fragmentos de los frescos se abre Joaquín Torres García: un moderno en la Arcadia en el Museo Picasso de Málaga, donde se inauguró el lunes 10 de octubre y donde permanecerá hasta el cinco de febrero.Se trata de la misma retrospectiva que el año pasado irrumpió en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y que hace meses pasó también por la Fundación Telefónica de Madrid. Málaga es la última parada de esta recorrida internacional que ha tenido como comisario al venezolano Luis Pérez Oramas, poeta, historiador, curador y además conservador de arte latinoamericano en el MoMA.

Esta retrospectiva, la primera de un vanguardista latinoamericano que expone la pinacoteca malagueña, se va desarrollando de manera bastante dinámica en el segundo piso del Museo Picasso siguiendo un eje que es a la vez cronológico (va de su época catalana a la neoyorquina, a la parisina y finalmente a la uruguaya) y temático. El temático está también fragmentado en dos grandes mitades: la del protagonista de la vanguardia europea y la del emigrante que volvió a sus raíces para definir su estilo propio.

"Quería ver con mucha atención al Torres García que forma parte central de esa última batalla de las vanguardias modernas en París con Círculo y cuadrado, sobre todo porque él va a recrear Círculo y cuadrado en Montevideo, y va a publicar muchos más números de la revista allí", cuenta a El País Pérez Oramas después de recorrer la exposición. "Eso me parecía esencial porque es un momento de claridad esencial en la obra, y después todo esto de finales de 1930 y principios de 1940, donde se concreta la fracción de una manera como no lo he visto en otro lugar de América. Esos fueron los dos criterios básicos que utilicé", señala.

Como siguiendo una línea de tiempo invisible, el espectador recorre lienzos, óleos, papeles, cartones, textos, juguetes de madera y hasta correspondencia privada para toparse ante una exposición enorme, que se va construyendo como una gran obra en sí misma donde conviven distintos Torres García que a la vez son uno mismo: un artista de pensamientos definidos, de colores cambiantes, de símbolos y estructuras, de lenguaje cotidiano. Un artista que por momentos parece tan simple y por otros es tan indescifrable.

Basta reparar en su América invertida, que es de concepto tan importante pero de tamaño físico tan pequeño, para comprender la profundidad de su obra y de su legado.

Migrante.

De la Montevideo de finales del siglo XIX a una Barcelona políticamente revuelta, en la que se transformó en un artista académico que ya dejó ver el gusto por lo rústico y por el objeto y donde se encontró con otro uruguayo, Rafael Barradas, que terminó impulsándolo a moldear su propio lenguaje en el que apareció la superposición, el juego con los fragmentos de texto, el tiempo representado en un reloj.

De ahí a Nueva York, donde las masas, el ruido, las máquinas y sobre todo el tiempo presente lo cautivaron. De esa época hay algunos collages en papel de diario, escenas urbanas con colores muy urbanos y ritmos acelerados, y una vitrina que muestra parte de los juguetes Aladdin que construyó en madera, y que fueron productos comerciales y objetos de arte en sí mismos. Y de ahí a Europa nuevamente, a lidiar con una batalla a la que no le encontraba sentido entre lo abstracto y lo concreto.

"Suelo decir que Torres García trató de ser todo lo que pudo en Nueva York. De hecho, trató de ser todo lo que se puede ser siempre en cada lugar en el que estuvo", dijo Pérez Oramas, reparando en una característica fundamental del uruguayo y su obra: la de ser un inmigrante que no sólo cambió de país o de ciudad varias veces, sino que no tuvo reparos en cambiar de forma su obra.

Lo hizo permanentemente hasta que logró definir una corriente, el universalismo constructivo, sosteniendo como bandera al símbolo y la temporalidad, dos características que al final le aseguraron la eterna juventud (al menos hasta ahora).

"Eso es lo que hace de Torres García un artista fundamental hoy: la conciencia de esa forma de temporalidad expansiva, sedimental, que trabaja el tiempo presente", destacó Pérez Oramas a la prensa. Y eso es lo que hace que Torres García siga dialogando con los artistas contemporáneos desde sus trabajos, haciendo de toda su obra una gran declaración filosófica sobre la idea más mínima del arte, esa que está siempre siendo discutida.

¿Porque qué es el arte, al fin y al cabo? "El primer balbuceo del arte es imitativo. El arte geométrico es el arte verdadero", afirmaba Torres García.

Esa forma geométrica tan fácilmente reconocible tomó su obra, que hoy convive bajo un mismo techo con la de Pablo Picasso, un muchacho que alguna vez lo admiró y del que el uruguayo quiso después escribir un libro. Los dos vanguardistas que apostaron a las líneas, las formas geométricas y los cambios están en el Museo Picasso malagueño, en una muestra enorme que se corona con las cartas que intercambiaron los dos pintores.

Joaquín Torres García: un moderno en la Arcadia es un viaje a través del imaginario más amplio y puro del hombre que pintó con rojo, amarillo y azul lo que hemos visto en billetes, libros de texto escolares y tiendas de regalo. Pero también del que hizo de un juguete una obra de arte, del que se perdió en espirales grises y negros, del que inventó una nueva forma de hacer y de entender lo creativo sin jerarquías. Del que fue ciudadano del mundo y desarrolló un lenguaje universal que hoy atraviesa ciudades y valida su importancia, yendo de Nueva York a España en el tiempo.

Cosas para hacer en el marco de la exposición

Joaquín Torres García: un moderno en la Arcadia llegó hasta el Museo Picasso de Málaga el pasado lunes, y se quedará allí hasta el cinco de febrero de 2017, donde cerrará esta recorrida internacional.

En Málaga, la exposición estará acompañada de una serie de actividades que ya empezaron la semana pasada, con charlas a cargo de Luis Pérez Oramas y Eugenio Carmona, catedrático de Historia del arte de la Univeridad malagueña.

El 26 de octubre el director del Instituto de Cervantes de París, Juan Manuel Bonet, hablará sobre la participación del uruguayo en "Círculo y cuadrado"; mientras que en diciembre se dictará un seminario. El 13 y el 14 el profesor Luis Puelles hablará sobre vanguardias europeas, y el 15 y el 16 estará el investigador Gabriel Peluffo para hablar de las latinoamericanas.

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