CARMEN POSADAS

"Para mí, Uruguay es la felicidad"

“Muchas veces hay que poner la prosa al servicio de la historia, entonces se corre peligro de tener una prosa un poco plana, mecánica”, analiza la escritora uruguaya de proyección internacional.

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Carmen Posadas. Foto: Difusión

Ahora Carmen Posadas, a través de Editorial Planeta, lanzó una novela histórica sobre un tema atrapante. La hija de Cayetana se ubica en los tiempos de Carlos IV, para animar a personajes como Goya, la duquesa de Alba y su hija adoptiva, María Luz. Pero el relato no que queda en la historia de las grandes figuras. “La novela también está llena de anécdotas, de curiosidades, desde cómo se inventó el sándwich hasta las dentaduras postizas de la época”, adelanta.

—¿De tu infancia montevideana qué es lo que más evocás?

—La quinta del Prado donde vivíamos. Creo que soy escritora gracias a ese lugar. Una casa inmensa, con tres pisos: nosotros vivíamos en los dos pisos de abajo, y arriba vivían los fantasmas. Porque estaba la ropa de mi tatarabuelo, con todas las cosas de una vida mucho más suntuosa de la que nosotros conocimos. Que tampoco estaba mal la nuestra. Pero aquello era todavía más encopetado. Y el jardín era un parque botánico, con árboles de todo el mundo.

—¿Y hoy el Parque Posadas qué te parece?

—Me da mucha pena, porque han dejado la casa ahí, como un fantasma. Me da una sensación muy rara: está la casa y después hay una cantidad de apartamentos enormes. La casa, además, la han pintado de un color muy raro. No me gusta mucho pasar por ahí.

—Tú siempre remarcás tu condición de uruguaya...

—No me gusta esa gente que renuncia a sus raíces. Yo no tengo una gota de sangre que no sea uruguaya. Y cuando uno se va de su país, de alguna manera lo idealiza mucho. Para mí Uruguay es la felicidad. Simplemente tuve una niñez feliz. Cada vez que pienso en Uruguay, pienso en la época más feliz de mi vida.

—¿Y qué defectos ves que tenemos los uruguayos?

—Ahora creo que se está corrigiendo, pero durante mucho tiempo había como un derrotismo, que yo no entendía. Un bueno, qué importa, se rompió, no pasa nada.

—¿Y de los españoles, qué defecto ves con más frecuencia?

—Los españoles son inmisericordes con ellos mismos. Golpes de pecho permanentes. Y no sé por qué. Tienen muchas cosas buenas. Siempre se los digo a ellos.

—Taco Larreta en Volavérunt había abordado la vida de Cayetana de Alba. ¿Tuvo presente ese libro al escribir La hija de Cayetana?

—Fue la primera novela que releí, porque yo la había leído en su momento y me encantó. Y además, de Taco Larreta: dos uruguayos tratando el mismo tema. Esa novela tiene una teoría sobre cómo murió la duquesa de Alba, pero yo tengo otra. Yo quería contar la historia real. Ahora se sabe cómo murió la duquesa de Alba. No lo quiero revelar, porque es parte de la novela.

—¿Apelaste a fuente documentales?

—Bueno, yo conozco a Carlos, al actual duque, y lo primero que hice fue llamarlo, y preguntarle qué sabía él. Él me ayudó mucho, me permitió ver el testamento de la duquesa, y otros documentos sobre Goya.

—¿Cómo llegaste al tema del libro?

—Un día una amiga me dijo: ¿Tú sabías que la duquesa de Alba, la de Goya, tenía una hija negra?. Y me contó la historia de esa niña, que le fue regalada como esclava. Y la duquesa, que no podía tener hijos, se encariñó de tal modo, que la prohijó, y a su muerte le dejó una herencia considerable.

—¿Qué reflejan además esos personajes?

—Me permitieron contar una historia de los de arriba y los de abajo: la historia de la corte, y la de la esclavitud. Todos sabemos que había esclavos en las colonias, pero aquí en España no siempre se sabe que también hubo esclavos.

—¿Sobre qué personaje uruguayo te gustaría escribir?

—He pensado en escribir sobre Delmira Agustini. Me parece una historia increíble, tiene todos los ingredientes, aunque claro, en Uruguay es una historia muy conocida.

—¿De los autores uruguayos cuál sentís más próximo?

—Tengo devoción por Horacio Quiroga, que leíamos y releíamos con mi padre. Luego descubrí a Benedetti; de Onetti hay cosas que me gustan y otras que me aburren bastante, aunque obviamente es un maestro. Y Felisberto Hernández, tan distinto, también me encanta.

—Contame de tu entorno cotidiano...

—Yo vivo en Madrid, detrás de Las Cortes: es un apartamento antiguo, de mediados del siglo XIX, con los techos muy altos. Es una casa enorme para mí en este momento, porque mis hijas están casadas y yo soy viuda y vivo sola. Pero me encanta, y no me pienso mudar. Siempre he necesitado mucho espacio. A lo mejor porque nací en esa quinta tan grande.

—¿Tenés muchos objetos de arte?

—Sí. Con el premio Planeta me compré un Figari, y tengo también otros cuadros buenos. Mi casa está llena de recuerdos, tengo muebles de la época de la quinta y otros que compramos en Inglaterra, cuando papá estaba destinado ahí. Como hemos viajado mucho, tenemos un pedacito de cada país.

—¿Y cuál es el objeto de tu casa que más te gusta?

—Tengo un escritorio que compré cuando papá estaba destinado en Moscú. Era la época soviética dura, y los pantalones vaqueros eran lo más buscado por la gente. Podías cambiar uno por cualquier otra cosa. Y yo cambié uno por este secrétaire estilo Imperio, de ébano con incrustaciones de bronce.

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