AI WEIWEI

"Mi nombre sigue prohibido en China"

El artista y activista chino expondrá en Buenos Aires.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Mi nombre está prohibido en China". Foto: Reuters

China shipping". El camión container se desplaza interponiéndose en la vista directa al Riachuelo porteño que se tiene desde los ventanales del primer piso de Fundación Proa. Se supone que allí viajan algunos de los productos de la gran factoría asiática que se derraman en las góndolas del mundo.

En extraña sincronía, dentro del edificio, la exportación cultural menos deseada por China espera a más de ochenta periodistas para brindar una conferencia de prensa. La visita de Ai Weiwei (1957), el artista que hizo de su disidencia del régimen comunista su firma, ha despertado un enorme interés. Ai presentará una muestra antológica en noviembre en Buenos Aires, y esta visita previa está relacionada con su interés en realizar una obra site specific que acompañe el conjunto que viajará directamente desde su estudio en Berlín. Sencillo, enfundado en un conjunto color caqui que le daba aspecto de guardaparques, Ai aprovechó las pausas para echar mano de una de sus armas características: el smartphone. Como un millenial, fotografiaba y filmaba a la audiencia tal como se lo vio en sus primeros pasos por Buenos Aires en su cuenta de Instagram. Parece la venganza de alguien que es y ha sido escudriñado con dedicación orwelliana. "He sido vigilado desde que nací", dice. En esta entrevista habla de las crisis migratorias que han marcado su obra en el último año: en marzo de 2016 inauguró en Praga Law of the Journey, una balsa de 70 metros y 258 figuras inflables que no necesitaba demasiada explicación, y en septiembre creó una considerable polémica al colgar en la fachada del Palazzo Strozzi de Florencia una serie de botes inflables. Y en febrero de 2016 desplegó centenares de chalecos salvavidas naranjas (como los de los refugiados) por las columnas del Konzerthaus de Berlín.

—¿Qué es más importante: ser reconocido como un artista de vanguardia o como el disidente chino más famoso?

—Son lo mismo. Si no hubiera sido disidente, nunca me habrían conocido como el artista que soy, y si no hubiera extendido mi acción en la estética y el arte, mi disidencia sería menos comprendida.

—Mientras Occidente se enteraba de su caso, el mercado del arte chino no paraba de crecer. ¿Diría que el sistema internacional del arte tiene una doble moral con el régimen chino?

—El crecimiento económico chino ha sido enorme, más allá del mercado del arte. Eso ha forzado a que casi cualquier otro Estado del mundo tenga que negociar con China. Una vez que se hacen negocios, por supuesto que se trabaja con una doble moral. Ninguno de los países occidentales sacrificaría un negocio con China por denunciar el carácter totalitario de su gobierno.

—¿Pasa lo mismo con los artistas que venden sus obras o exhiben allí?

—Muchos de los artistas que conocemos no están verdaderamente comprometidos con la libertad de expresión. Hay artistas occidentales que han exhibido en China y no se preocuparon por alzar la voz cuando mi nombre era borrado.

—¿Esto que dice le ha sucedido alguna vez?

—Sí, varias veces. Y nadie ha salido a decir nada. Mi nombre sigue estando prohibido, no se puede mencionar, en la prensa china ni en Internet. El ejemplo más reciente es que en la información sobre el Festival de Cine de Venecia que se reproduce en la prensa china, se habla de todas las películas menos de la mía. Eso es muy extraño, pero así es China. Nadie sabe allí que voy a estrenar Human flow porque mi nombre ha sido borrado.

—¿Cuál es su estatus actual en China?

—Puedo volver, pero siempre es muy peligroso. Dos de mis abogados siguen todavía presos.

—¿Sigue siendo muy vigilado?

—A cada paso. He sido vigilado desde que nací.

—¿Qué lo llevó a hacerse fotografiar como Alan Kurdi, el niño sirio que apareció muerto en la costa turca? ¿No fue un acto exhibicionista?

—Llevé mi estudio a la costa de Lesbos y todos los días veía llegar treinta o cuarenta botes con refugiados. Montones de bebés, niños, mujeres. Cuando un diario de la India me sugirió hacerlo, lo acepté de inmediato, porque como artista quiero utilizar todos los medios disponibles para llamar la atención sobre el problema de los refugiados. Para hacer la película he pasado un año viajando por veinte países, visitando cuarenta campos de refugiados para entrevistar a seiscientas personas.

—¿Y cuál es su conclusión después de eso?

—Que no se trata de una "crisis de los refugiados", sino que es una crisis de la humanidad entera. Debemos avergonzarnos de lo que hemos hecho con esta gente.

—Hace poco clausuró una muestra suya en Dinamarca en desacuerdo con una ley que avanzaba sobre los bienes de los refugiados. Si Europa sigue así, pronto no le quedará lugar donde mostrar...

—Eso es muy cierto.

—¿Cuál es la solución entonces para usted?

—No hay solución excepto que todos los ciudadanos entiendan que la humanidad es una sola. Hay que poner el cuerpo y actuar para decirles a los políticos y los dirigentes que trabajen en esto. Los problemas son compartidos, son nuestros problemas. Si somos una sociedad civilizada incapaz de lidiar con esto, simplemente estamos resignando cualquier posibilidad de futuro.

—Pareciera que la gente en Europa está preparada para ver el problema de los refugiados en las metáforas del arte, pero no en la vida de todos los días...

—Claro. Muy lejos de eso, en verdad. La gente en general prefiere pensar que no es su problema y que eso afecta sólo a Grecia, Italia o Turquía...

—¿No le parece curioso que ningún otro artista en Europa haya tomado el tema de los refugiados como usted lo está haciendo?

—A mí también me sorprende eso, porque está pasando en sus países. Hay una idea de que el arte es un asunto de elite, separado de la vida real, que expresa valores más altos. Y si la vida humana no es el valor más alto... no sé de qué estamos hablando.

—En octubre presentará en Nueva York la obra Good fences make good neighbours ("Las buenas vallas hacen buenos vecinos"), donde alude al muro en el límite con México. ¿Tiene algo en común su gobierno con el régimen chino?

—Creo que al igual que a los comunistas chinos a Donald Trump le molesta profundamente la libertad de expresión. Estados Unidos se está volviendo un lugar muy difícil para vivir en democracia. El poder tiende a concentrarse de una manera que no se aplica con las estructuras profundas de la democracia.

—Usted vivió bastante tiempo en Nueva York cuando se formó como artista. ¿Es un país muy diferente el de ahora del que conoció entonces?

—Viví allí entre los 80 y los 90. No creo que sea tan diferente. Definiría a los Estados Unidos como un país de capitalismo extremo... Un lugar donde hay una búsqueda desesperada por la ganancia. La situación se profundizó, pues ahora Trump puede ser propietario en China y un magnate chino tener un edificio en Nueva York. No es como antes.

—¿Es peor?

—No diría peor, sino diferente. El poder es cada vez mayor y ya no sabemos quién es quién.

—¿Hay algo que el capitalismo tenga que aprender de la experiencia comunista?

—Nada. El comunismo va contra la naturaleza humana. El capitalismo en cierto modo también, pero es mejor que aprenda de sus propias fallas.

Cuando el arte y el activismo se vuelven actividades extremadamente peligrosas.

Ai Weiwei representa todo lo que se suele ver con recelo del arte moderno: es exhibicionista, caprichoso y le encanta el perfil altísimo. Es, además, uno de los grandes artistas del momento gracias a una obra que expone algunas falencias de la sociedad moderna y, principalmente, los atropellos a la democracia y la libertad de expresión en China, su país.

Ai nació en Beijing, hijo del poeta Ai Qing. Estudió en Nueva York, donde se integró a la movida artística (fue amigo de Allen Ginsberg, por ejemplo) de la década de 1980.En 1993 volvió a China donde se unió y fundó algunos grupos de vanguardia. En 2005 empezó a colaborar en el blog Sina Weibo donde fue prohibido cuatro años después por el tono crítico de sus comentarios. En 2008 había colaborado con la construcción del Estadio Olímpico de Beijing.

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