EDUARDO SACHERI

"A mí, escribir me ordena la cabeza"

Es licenciado en Historia pero ahora da clases una sola vez por semana. Las mañanas y las tardes las dedica a escribir —siempre que puede— pero procura tomarse libre tanto las noches como los fines de semana, y como lector dice que tiene hábitos de “amateur”. Va a los libros que le recomiendan sus amigos, por eso hace poco recaló en el italiano Andrea Camilleri.

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Eduardo Sacheri. Foto: Fernando Ponzetto

Eduardo Sacheri está trabajando ahora por primera vez para televisión (adaptando la novela Inés del alma mía de Isabel Allende para una serie), y en medio de todo eso pasó por Uruguay para presentar La noche de la Usina, por la que ganó el último Premio Alfaguara de Novela. De eso conversó con El País.

—¿Qué significa para vos haber ganado este premio?

—Me da orgullo. Es un premio muy limpio que lo ganaron Tomás Eloy Martínez, Laura Restrepo, Juan Gabriel Vásquez, Santiago Roncagilolo por nombrarte algunos. Aparte, el libro sale en España y en América Latina al mismo tiempo y es una ocasión para que nuevos lectores te conozcan.

—¿Qué hiciste con el dinero?

—Compré dos departamentitos para mis hijos. Así como lo que pasó con El secreto de sus ojos, la película, pude comprar una casa para mi familia, ahora pude comprar esto. No le puedo pedir más a la literatura, pero me gusta traducirlo en términos de ladrillos.

—¿Les inculcás el valor de la lectura a tus hijos?

—Intento, les leí todos los días hasta que tuvieron 14 años (se ríe). Y leen, claro que me gustaría que leyeran más. Con los pibes en la escuela también.

—¿Tenés un contrato para publicar cada tanto tiempo?

—No.

—¿Podrías trabajar así?

—Yo soy licenciado en Historia, entonces si bien ahora mi ingreso principal son los libros, eso fue algo muy gradual que me permitió no precipitarme. Si viniera una editorial y me dijera: "Tomá Sacheri, te pagamos esto por tu próximo libro", y yo no lo tengo escrito, digo que no. Dejame escribirlo y vemos. A mí escribir me ordena la cabeza, y no quiero que sea lo contrario. Soy muy prudente con eso.

—Más allá del premio, ¿qué significó La noche de la Usina para vos? Porque retomás personajes de otra historia.

—Fue volver a un lugar que me era familiar y me gustaba, ese pueblo de OConnor con varios de sus personajes que me habían hecho buena compañía en Aráoz y la verdad, y de los cuales me había despedido con melancolía.

—¿Te encontraste pensando en esos personajes?

—Me quedaba. Cuando estaba terminando Aráoz y la verdad ya sabía que quería volver, cosa que ahora no me pasa.

—¿Cómo creás un personaje?

—Es un trabajo de mucha paciencia. Primero hay una necesidad de actores, de gente que mueva la trama, pero después me gusta detenerme en saber quiénes son. Primero es solo un actor, pero después está bueno que sea una persona con volumen. Cuando se van desarrollando es la parte más linda de escribir.

—Como lectora yo sé quiénes son tus personajes, pero físicamente parecen anónimos.

—Eso me pasa como lector, no me gusta que me den mucho dato físico de los personajes porque en mi cabeza, los personajes que leo guardan ese anonimato. Por eso cuando una historia va al cine y el director me dice: "¿cómo ves a Tal actor?". Y yo no sé.

—A la vez, La noche de la Usina es muy cinematográfico.

—No es algo que me proponga, pero me parece que hay algo visual en mi manera de pensar las historias que termina metido en los libros.

—¿Qué tanto de real tienen las historias que contás?

—No soy muy de tomar a personas ni a historias de la realidad, pero hay algo bien indefinible que tomo del entorno. A mí me gusta mucho observar.

—Que los personajes de esta novela sean "perdedores", que un poco pasaba en Papeles en el viento porque eran Quijotes luchando contra molinos de viento, es bien cotidiano.

—¿Pero qué te toca en la vida? Igual yo me distancio de la palabra "perdedores", porque son gente común; ahora, si la gente común somos todos perdedores es otro tema. Yo guardaría la palabra "perdedores" para situaciones de derrota permanente; en todo caso diría que estos son personajes minúsculos. Una cosa es perder y otra ser perdedor.

—Quizás acá el más perdedor es Francisco Lorgio.

—¿Ves? Ahí sí. A lo mejor los dos, él y el hijo, son perdedores de algo mucho más profundo; para ellos nada resulta.

—¿Influyó el momento actual de Argentina para que vos escribieras sobre el corralito?

—Esta novela me llevó 2014 y 2015, entonces con esta coyuntura no porque te diría que cuando la escribía, nadie pensaba que Macri iba a ganar. A lo mejor donde hay un motor vinculado con la coyuntura es en que me suelen resultar un poco irritantes los consensos demasiado cerrados. Me parece que Argentina es un poco proclive a esas versiones epopéyicas de: "mirá lo que logramos", sin mirar a qué costo o qué va a pasar. En cierta medida, Argentina en los últimos años tuvo un poco de eso.

—No sé si esa visión es extensiva, ¿pero te imaginabas que el fútbol argentino iba a estar como está ahora?

—No, eso no. Que era un circo, que era una mafia, sí lo sabía. No me hubiera imaginado la velocidad de descomposición "posgrondonismo" de ninguna manera. Nadie tiene un mango y el fútbol argentino aparece desnudo, no sólo en su desorganización, sino en su pobreza, y eso sí es nuevo.

—¿Cómo se arregla eso?

—Ahora le están prendiendo una vela a los derechos televisivos. Lo que pasa que en Argentina, el sistema fútbol se abusa del futbolero. En el fondo de tu corazón lo único que querés es que tu equipo juegue, y estás dispuesto a tolerar cualquier cosa.

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