MILTON FORNARO

"El género policial provoca empatía"

Alfaguara acaba de lanzar una nueva novela de este escritor que desde los años 60 ha publicado todas una serie de trabajos de narrativa. Pero Fornaro ha trabajado también en el ámbito del MEC, y en esta nota analiza también aspectos vinculados a la gestión cultural.

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Milton Fornaro. Foto: Darwin Borrelli

—¿Cómo describirías "La madriguera"?

—Una novela policial, con mucho de thriller político. Transcurre en cuatro escenarios diferentes. En Montevideo, en la actualidad, en el sótano del Palacio Durazno se descubre un esqueleto, y en ese lugar vive un detective que llevará a cabo la investigación. La acción también transcurre en Polonia, y pasa a la década del 30, en el ascenso del nazismo. En Buenos Aires la trama pasa en los años sesenta, adonde agentes del Mossad planifican el secuestro del criminal nazi Adolf Eichmann. Y, finalmente, la historia retoma el presente, donde se resuelve a quién pertenecían esos huesos y qué había ocurrido.

—¿Qué sentís que esta novela busca comunicar?

—Yo no creo en las novelas de tesis. Creo en la novela como un género de ficción, y esto es una ficción por más que hay hechos reales. Elegí el género policial porque genera empatía con el lector, complicidad, y es entretenido. No hago tesis moralizante, ni política, ni filosófica. Yo cuento una historia compleja.

—¿Que sea entretenido es un medio o un fin?

—Un fin. Creo profundamente que la ficción debe ser entretenida. Sin embargo, es una novela comprometida que analiza uno de los temas más importantes del siglo XX, el Holocausto. El personaje principal es un sobreviviente de los campos de concentración, que hizo todo para sobrevivir, incluso actos inmorales.

—A veces las biografías noveladas, de no muy buena calidad, tienen muchos lectores. Eso en Uruguay pasa bastante.

—Sí, pasa, pero pasa en general en todo el mundo. Si analizás la política editorial, ves cantidad de libros, de editoriales famosísimas, que terminás de leerlos y te preguntás para qué los publicaron. Los terminás de leer y ya te los olvidaste. Hay una falta de rigor total, y una necesidad de que la máquina siga andando.

—¿A la literatura uruguaya le cuesta trascender fronteras?

—Sí, es un problema gravísimo. Estamos muy lejos de las casas centrales, muy al sur, todo da trabajo. Venezolanos, colombianos, mexicanos, están mucho más cerca de los lugares donde se cocina la cosa. Nosotros somos náufragos que tiramos botellas al mar. Y algunas llegan. La única manera que tiene un escritor uruguayo de trascender es ganar un concurso internacional. La única.

—¿El Estado no tendría que colaborar al respecto?

—Se hace. La Dirección de Cultura del MEC hace esfuerzos por participar en las ferias internacionales, que es una muestra donde se puede estar. Pero es poco. El Estado tendría que tener una editorial con precios accesibles. El Estado tendría que intervenir más en apoyar a la industria editorial. Por ejemplo, comprando determinado número de ejemplares de una edición.

—Se ha dicho que el MEC ha tenido dificultades para comunicar lo que hace en el área de Cultura. Tú que fuiste asesor de Comunicación del MEC, ¿cómo ves eso?

—Siempre ocurre en general y no hablo del MEC. Este gobierno y otros gobiernos de otro signo, tienen problemas de comunicación. No han terminado de darse cuenta de la importancia que tiene la comunicación. Cuando Gonzalo Carámbula estuvo al frente de la oficina de Comunicación de Presidencia de la República, fue un gran defensor de la profesionalización de la comunicación. Pero era muy poco lo que se podía hacer. Había una dinámica de trabajo que desbordaba.

—Trabajaste en Arca durante la dictadura. ¿Cómo era?

—Era muy distinto, los libros se hacían con plomo. Y la linotipia te daba un plazo para la reimpresión, y pasado ese plazo, si se quería reimprimir, había que volver a hacer todo de vuelta. Y la comercialización del libro era totalmente diferente. Hoy se dan a consignación.

—¿Qué recordás de lindo?

—Los momentos agradables tienen que ver con los amigos, con el gerente de la editorial, Alberto Oreggioni, y visitantes asiduos como Juan Flo. Rescato esas reuniones de amigos, pero fue una época muy triste. La dictadura ordenó que se mandaran tres toneladas de libros a destruir. Era lo que estaba en depósito: había obras de Onetti, Benedetti. Y paradójicamente, ese papel se utilizó para hacer papel higiénico. No sé si fue una metáfora.

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