ARTE Y EXPOSICIONES

La forma femenina y el espiral como respuesta

Las esculturas de Verónica Artagaveytia están en el MNAV.

Artagaveytia posa junto a una de las dos esculturas de espirales. Foto: F. Ponzetto
Artagaveytia posa junto a una de las dos esculturas de espirales. Foto: F. Ponzetto
Intervención de Verónica Artagaveytia en el MNAV. Foto: Fernando Ponzetto
Intervención de Verónica Artagaveytia en el MNAV. Foto: Fernando Ponzetto
Intervención de Verónica Artagaveytia en el MNAV. Foto: Fernando Ponzetto
Intervención de Verónica Artagaveytia en el MNAV. Foto: Fernando Ponzetto
Pluma o dama daga de Artagaveytia en el MNAV. Foto: Fernando Ponzetto
Pluma o dama daga de Artagaveytia en el MNAV. Foto: Fernando Ponzetto
"Las efeefes" de Artagaveytia, en el MNAV. Foto: Fernando Ponzetto
"Las efeefes" de Artagaveytia, en el MNAV. Foto: Fernando Ponzetto
Verónica Artagaveytia en el MNAV. Foto: Fernando Ponzetto
Verónica Artagaveytia en el MNAV. Foto: Fernando Ponzetto

En la década de 1970, con veintipocos años, Verónica Artagaveytia se fue a Buenos Aires buscando un cambio de vida y terminó inmersa en un taller, modelando arcilla y trabajando con cemento, descubriéndose y definiéndose como escultora, y consiguiendo premios en salones porteños. Estaba orgullosa, dice, y con ese orgullo se fue a Europa y Oriente, donde le cambiaría el pensamiento.

Cuando volvió a Argentina el cemento ya no la llenaba y, hacia fines de la dictadura, empezó a crear esculturas a partir de basura que recolectaba de la calle. Ya no hubo premios de salones y entonces Artagaveytia se dejó llevar por el under, se convirtió en performer y se topó con el también uruguayo Alcides Martínez Portillo —que elevó su propuesta, y al que ahora ella quiere rescatar del olvido con un proyecto sustentado por los Fondos Concursables—, para terminar en el circuito de boliches en el que sobresalía el famoso Parakultural.

"Con Alcides fuimos a la Bienal de San Pablo y los que fueron se acuerdan perfecto de la uruguaya loca", cuenta Artagaveytia, quien se reconoce a sí misma como "una artista ridícula que va encontrando, chocando y haciendo nuevas cosas". "Creando me creo. El arte me da alivio, lo demás me da un poco de trabajo", dice.

Pero fue en la tranquilidad de Córdoba donde encontró en la espiral —su forma sagrada, que remite a la proporción áurea que tanto se puede encontrar en La Gioconda como en Joaquín Torres García—, la figura perfecta para expresarse como escultora. Y esa faceta depurada es la que deja ver en Habaeva, exposición que inauguró en el Museo Nacional de Artes Visuales, y que sigue hasta el 7 de mayo. Se puede visitar con entrada libre, de martes a domingos de 14:00 a 19:00. Hay cuatro esculturas suyas de diferentes metales y calibres, que en forma de instalación se apropian del espacio exterior e interior de la pinacoteca; y como la muestra abrió en el marco del Mes de la Mujer, se complementa con su serie de mujeres en fundición de aluminio, Las efeefes (Sala 2).

Y planifica junto a su curadora, Jacqueline Lacasa, una exposición para 2018 en el Museo Zorrilla, donde sí espera mezclar todas sus vertientes artísticas. Pero esa será otra etapa, una más integral aún.

—¿Hoy en qué etapa estás?

—Tengo muchas ganas de hacer performance, que no es como las de antes; es neoperformance. Y con la escultura estoy desaforada, quiero que vengan los arquitectos e incorporar esto a sus edificios rectos. Todo es nuevos desafíos, nuevas peleas.

—Te definís como una artista "ridícula". ¿Te aceptaste como artista al margen de la aprobación del otro?

—Es algo basado en la necesidad de manifestar, y unas ganas de que acepten… Pero sin hacer tanto para que te acepten, sino no te quedás contenta tú. Hay que encontrar ese puntito de equilibrio.

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