Valter Hugo Mãe

“Escribo para poder entender quién soy, cómo siento”

Entrevista con el escritor portugués, que se encuentra de paso por Montevideo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Valter Hugo Mãe. Foto: Ariel Colmegna

Es de los autores más interesantes de la nueva literatura portuguesa, y está en Uruguay participando del Mundial Poético. Hoy a las 21.15 tendrá una lectura en el Centro Cultural de España (entrada gratis), y algunos de sus poemas se pueden encontrar en la antología lírica Photomaton de Andrés Navarro, editada por HUM.

—¿Qué impresión te dejó Montevideo?
—Es muy bonito. No tenía idea que sería tan monumental, con este aire tan romántico. Todo me pareció un monumento. Y nunca había venido aquí pero tengo un cariño muy especial porque es el lugar de Isidore Ducasse; he hecho una fotografía de la placa que pusieron en su casa, es una manera de hacerme una selfie con él. Y también por la imagen internacional que tuvimos de la presidencia de Pepe Mujica ha sido muy bonita, entonces es muy especial venir aquí y saber de esa belleza.

—¿Te resultan inspiradoras las ciudades?
—Siempre. Pongo mucha atención, hago fotos, porque el tiempo que tenemos es tan poco a veces, que las fotos son una manera de perdurar. Algunas ideas me vienen después, y lo que pienso que quiero escribir, lo que dejo en el texto, en mis cuadernillos, a veces sólo se queda completo después de unos días. Me inspiran mucho las ciudades porque todas tienen un propósito muy común, que es lo de: vivimos juntos, pero todas tienen una personalidad diferente.

—¿Cómo es ser escritor, ser poeta en este mundo?
—Yo no puedo ser un escritor sin protestar. Me parece que lo más increíble de tener una voz pública es poder utilizarla para decir cosas que importan hoy, ahora. El escritor de hoy, aunque mucha gente sea escéptica, tiene que luchar contra el escepticismo. Aunque una novela sea sobre el amor, cuando habla el escritor tiene que entender que su voz es un patrimonio público. Las personas más peligrosas son las que no dicen lo que piensan, y para mí existir tiene que ser un ejercicio de buena fe. Y la buena fe está en las ideas, en exponerlas.

—Al escribir, ¿te preocupa la inmortalidad del texto?
—Me encanta que los libros sean tan generosos que nos aguarden y estén ahí, esperando. Es una característica que me conmueve, pero cuando escribo a lo mejor hay una utopía de universalidad, de que lo que escribo pueda importarle a otro. Pero no es una cosa para el futuro, es sobre todo una cosa que me impresiona ahora. A lo mejor porque escribo para poder entender quién soy, cómo siento, cómo puedo curar mis traumas y todos mis miedos.

—¿Siempre has escrito con el fin de entenderte?
—Empecé porque necesitaba tener amigos que me quisieran, tener alguien que no fuera malo. Tenía ganas de tener compañía, y mis primeras historias en las que aún era un niño de 10 años, eran como gente que estaba conmigo. De alguna manera es lo que sigo haciendo: mis libros son una manera de no tener vacíos. Por ejemplo: después que mi padre murió, unos años después escribí un libro, y este libro no es mi padre pero tiene una función de hacer que su ausencia no sea tan grande. Aún sigo escribiendo libros como quien inventa una compañía. No sé si la literatura debería servir para esto, no sé siquiera si es legal, pero es una cosa casi mágica.

—¿Pensás en la función de la literatura?
—Mucho, y es peligroso porque podemos caer en escribir libros para ayudar. Me encantaría ayudar a las personas; si alguien me dice que mi libro lo ayudó a salir de un estado de tristeza claro que me quedo contento. Pero la literatura necesita de una libertad que no sea demasiado disciplinada, necesita que el libro no necesite de tí. Que te diga: vas a desempeñar una tarea que yo te digo, definida, pero no me importan tus sentimientos. Es muy necesario que podamos pensar la literatura como una cosa válida de la humanidad, que mejore.

—Escribís para sacar sentimientos para afuera, pero pensando en que al libro al final no le van a importar tus sentimientos.
—Es muy claro. Cuando termino una novela, como la novela tiene gente y personajes que habla, cuando termina yo soy lo que queda solo. Soy el excremento del libro, el libro termina y dice así: vete, no necesito de tí, estoy completo y soy una cosa autónoma. Yo soy la parte prostituida, los personajes me convencieron de su amor pero tenía un plazo. A veces es muy violento porque no estás preparado para dejar el libro, y es muy peligroso porque si como autor caes en la tentación de quedarte con el libro, aunque te tenga dicho: terminé, vete, a lo mejor destrozas el libro. Porque el ego o la necesidad del autor se sobrepuso a la coherencia del libro. Te voy a decir que escribí un libro que se llamaba El hijo de mil hombres, y cuando terminé lloré porque parecía que mis amigos me dejaban. Fue emocionalmente muy fuerte. A lo mejor es por eso que empezamos de inmediato a escribir otro libro: me dejaste, ya voy a acostarme con otra (se ríe).

—Tu poesía no es necesariamente pesimista, pero sí es bastante tajante, hace mucho hincapié en los finales y la muerte.

—Sí, siempre son muy fuertes, sin concesiones. A mí me parece que tienes que escribir en los extremos de las cosas; la medianía no me interesa, no es literatura. Cuando escribes tienes que tener el coraje de confesar algo, porque sino se queda un texto a medias, que no va a decir nada y nadie se va a identificar. Sobre todo con la poesía creo que expongo mis miedos e intento no tener miedo de mis miedos. Es que con una ocasión muy mala de la vida puedes hacer una cosa muy buena, y si tienes una mierda pero un buen libro, se compensa.

—Ahora, este ejercicio terapéutico en tu caso no se da desde el por qué, sino que es más bien: bueno, pasa esto.
—Pasa esto. Y creo que pasa con toda la gente, ¿sabes? Es mi lucidez más absoluta. No creo que yo sea raro; la gente muchas veces me aborda hablando de los libros, de lo increíble que es la vida de un escritor. Soy absolutamente normal, lo que creo es que la normalidad es bizarra. Todos estamos hechos de cosas que entendemos, cosas que no vamos a entender, errores que a veces nos gustan mucho. Como escritor, desde el principio me interesa discutir esas cosas de la normalidad.

—¿Tu narrativa en qué se diferencia de la lírica?
—Mi narrativa es muy poética, busca una forma y una belleza, pero hace una dislocación más inmediata porque no es mi vida, es una ficción. Intento buscar entender a los otros más que a mí mismo, aunque sepa que hay un padrón universal. A lo mejor el libro entero es una cosa para mí, pero la manera de buscar es una forma de alteridad. Y la poesía es una cosa diferente, porque te ocurre como si fuera una cosa incontrolable, y para funcionar de repente tienes que permitirle al poema que se quede como nació. Yo tengo con la poesía una relación un poco violenta, no la respeto mucho.

—¿Cómo es el panorama literario en Portugal hoy?
—Estamos en un momento interesante, y lo que ha favorecido mucho a los jóvenes escritores es el Nobel de Saramago. Algunos autores de mi generación son los más traducidos y los más publicados internacionalmente; es una generación que nació en un panorama favorable y es muy entusiasmante escribir en este momento en Portugal, porque sientes que hay una posibilidad. Aunque seamos un país pequeño, pobre, siempre en crisis, que en Europa siempre somos vistos como los que hacen una burrada. Creo que cuando las personas van a Portugal esperan ver un país muy viejo, y se quedan muy admirados porque es un país muy evolucionado, a la vanguardia.

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