MARINA ABRAMOVIC

“Cuando empecé me querían encerrar”

Nacida en Belgrado, en 1946, Marina Abramovic -quinto personaje más influyente en el arte contemporáneo según la lista de ArtReview de 2014- estará en Buenos Aires en la primera edición de la Bienal de Performance de la Argentina (un evento de 40 días para el que también viene Laurie Anderson).

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Quiero poner mi energía en mi trabajo y no solo mostrarlo", afirmó.

Allí dará un seminario en la Universidad de San Martín sobre el método Abramovic.

— Usted se definió como "la abuela de la performance".

—Odio ese término (sonríe). Cuando lo dije era joven, y ahora soy mayor. Tengo una palabra mejor para ti: guerrera... soldado de la performance. A mi edad y haciendo aún shows, tienes que ser un soldado, si no, te mueres.

—En el pasado, Abramovic llevó en muchas de las actuaciones su cuerpo al límite. Su primera performance, hace más de 40 años, consistió en puntear con un cuchillo entre los dedos abiertos. Lógicamente, hubo sangre, y lo grababa. Sus creaciones han cambiado mucho desde entonces.

—La gente piensa con nostalgia que antes las performances eran más radicales. Te cortabas, te desnudabas, pero ahora son un proceso más mental. Entonces, tu público podían ser unas 10 personas, así que casi nadie las vio. Los museos aceptan hoy las performances como el video o la fotografía, pero ha llevado mucho más tiempo ganarse el respeto. Hubo un cambio radical: cuando empecé me querían encerrar en un manicomio porque creían que estaba loca y hoy me alaban.

—¿Pero era necesario llegar a infligirse dolor?

—Lo de la violencia, masturbarse, cagar... ya lo hicimos. Ahora se trata de descubrir qué hay en nuestra mente. Solo entendemos el 33% de nuestro cerebro, así que no sabemos una mierda.

—Para llegar a lograr esto, usted propone la introspección del método Abramovic: unos ejercicios para relajarse y conocerse mejor.

—(Silencio). Quiero que te quedes a mi charla sobre el método. No vuelvo a hablar contigo nunca más si no asistes (risas). Así te podrás convertir en alumno mío.

—Los que acuden a sus clases del método pasan media hora de pie, otra media sentados, después tumbados, luego deben moverse a cámara lenta, les ponen unos cascos para aislarse del exterior...

—Son dos horas y media en las que tienes que dejar de lado tu computadora, tu reloj y el celular. Te liberas de la tecnología, de la que somos prisioneros por cómo nos relacionamos con ella.

A los alumnos los preparo para que sean capaces de... de ver como una luz que pasara y dejase todo en calma absoluta. Normalmente, no sabemos hacerlo porque estamos ocupados, ansiosos.

Cuando he trabajado con gente joven, el choque es fuerte, porque no se creen que puedan estar sin sus auriculares escuchando heavy. Cuando hay silencio, te reencuentras contigo mismo.

Mi método busca cambiar las cosas, pero si no cambiamos antes nuestra conciencia, no podremos cambiar el mundo.

Y si no cambiamos el mundo, alguien lo hará por nosotros.

—¿Cómo está siendo su experiencia en São Paulo?

—Increíble. Estoy muy feliz por la muestra en el Sesc Pompeia y por mi importante presencia en la feria.

Lo que estoy haciendo estas semanas es lo más complejo que he acometido nunca: se exponen mis trabajos, imparto talleres a ocho jóvenes artistas brasileños y daré también ocho charlas al público.

—¿Y toda esa actividad?

—La mayoría de los artistas, cuando tienen una exposición, van a la galería, cenan y se van al hotel. Yo estoy cansada de eso, ya tengo suficiente currículo.

Lo que quiero es interactuar con la gente, y el Sesc es el espacio más democrático que he visto: todo es gratis, hay gente de todas las clases y creencias, niños, ancianos; hacen té, puedes ver arte, leer periódicos... esa es mi audiencia. Quiero poner energía en mi trabajo y no solo mostrarlo, como hacen muchos.

—¿Cómo se siente uno cuando ha mostrado sobre un escenario cómo quiere que sea su funeral?

—La muerte (dice en español dramáticamente). Me encanta cómo suena esa palabra en la lengua española (ríe). ¿Sabes por qué? Porque amo las corridas de toros, he ido a muchas, he leído a Hemingway... Las corridas simbolizan la oscuridad y la luz. Y me entristece que en Barcelona las hayan prohibido. Es muy estúpido prohibir una tradición así, que viene del alma. La muerte es importante y por eso lo he organizado todo. No voy a vivir siempre.

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