Obituario

La despedida a una gran escultora

El 28 de mayo falleció Inés Zorrilla de San Martín

Este 28 de mayo despedimos a Inés Zorrilla de San Martín: su vida terrena se había agotado dejando un hondo recuerdo en quienes la quisimos y admiramos. Podríamos hablar de su calidez, amabilidad, sencillez, su sentido de “madraza” y una cantidad de virtudes que hacen a su vida. Podríamos decir que es la tercera hija (nacida en París) del Escultor José Luis Zorrilla de San Martín, que es una de las nietas del Poeta de la Patria, Juan Zorrilla de San Martín, o una de las hermanas de China.

Pero yo quisiera hablar de la Artista, la Escultora Inés Zorrilla.

Comenzó su labor escultórica muy joven con la guía de su padre, dando sus primeras muestras de talento en el Salón Nacional de Artes Plásticas, fundado en 1937.

Allí se presentó en 1948 con el retrato de uno de los ayudantes de su padre, de apellido Medici, y obtuvo la medalla de bronce con mención especial.

Está representada en la escultura pública, con el busto de Alberto Gallinal y el de Eduardo J. Couture, este último en uno de los descansos de la escalera de la Facultad de Derecho. Deberíamos sumarle un retrato de Juan Zorrilla, menor que el tamaño natural, el retrato de Pablo Castro, el fiel colaborador de José Luis Zorrilla, y las tardes de ayuda a su padre, mientras éste realizaba el Monumento a Artigas destinado a la ciudad de Buenos Aires.

Supo estar presente también cuando se fundía el monumento a Juan Zorrilla de San Martín en el año 1975, acompañando a su padre a la Fundición Vignali para los ajustes de la obra y luego de la desaparición de éste, en mayo de ese año, en las instancias finales de fundición.

La escultura que ella practicó es intimista. Si bien la lección de su padre caló hondo en su forma de expresar, no sintió la necesidad de dar a su obra el carácter arquetípico que le daba su progenitor, le bastó la humanidad de las personas que retrataba.

Sus retratos son rostros nobles pero enormemente humanos, no se transforman en héroes o en titanes, ni entornan sus ojos para atisbar horizontes de conquista; se nutren de su diario vivir y son reconocibles por los rasgos que hacen a su persona en la geografía del rostro, donde se descubre la ecuación vivir- sentir.

La vida de familia conjugada con la vida diplomática, (era esposa del embajador Felipe Amorim Sánchez) restaron tiempo para dedicarse de lleno a su labor plástica; pero su obra escultórica, se une a las obras de otras mujeres, que también compartieron su vida cotidiana con su vocación de artista, y a la de otros hombres, de nombres reconocidos, para hacer la historia de la escultura uruguaya.

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