Fernando Butazzoni

"Es decente compartir estas cosas"

Acaba de editar La vida y los papeles (Seix Barral, distribuida por Planeta, 460 pesos) en la que cuenta historias de esas que le pican cerca.

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Fernando Butazzoni. Foto: Archivo El País.

Así, Butazzoni, periodista y escritor con más de cuatro décadas de oficio, comparte algunos momentos de su vida (su participación en la guerrilla sandinista, la polémica por una película, Hijo de Dios, que libretó) con historias de personajes (el negro Viana, buen relato) o sufrimientos personales que van desde una enfermedad embromada a su vínculo con sus padres. Butazzoni asegura que no son sus memorias pero se le parecen. Sobre eso charló con El País.

—¿La vida y los papeles son sus memorias?

—No, porque si vos escribís tus memorias tenés que escribirlas todas. Estoy cansado de libros de memorias que en realidad son de olvidos. Hay que contar todo y yo no quiero eso. Lo que me propuse fue contar historias que tenía dentro mío, algunas propias, otras ajenas y que no las sabía nadie o muy pocos. Así que me pareció útil contarlas de una manera que puedan ser comprendidas con claridad.

—En un momento, usted reconstruye la historia de cuando allanaron su casa y de un soldado que le perdonó la vida. Pero se encuentra con que de un mismo episodio, hay varias versiones.

—El tema es ese: qué es la verdad. ¿Es la realidad u otra cosa? Nietzche decía que no hay hechos sino interpretaciones y creo más en eso que en eso aristotélico de que la realidad es la única verdad.

—Pero eso inasible de la realidad problematiza todo un libro como este que apela a los recuerdos.

—En los libros de memorias hay una desproblematización de la memoria. Que en realidad son lo que yo recuerdo, cómo lo recuerdo y qué decidí compartir. Todos tenemos recuerdos que no compartimos. Por eso no es un libro de memorias, son piezas literarias que de alguna manera me involucran directamente. Todos los personajes que aparecen son de la vida real, pero yo soy yo, no un personaje de una ficción. Pero a su vez integra ese ámbito que tiene algo de ficción que es la vida. Es muy complicado.

—Y es un libro de crecimiento personal. Ya sea en la selva nicaragüense o en la Antártida.

—En la Antártida me pasó eso. Quise ir a escribir algo periodístico sobre la Antártida para ayudar a la difusión del trabajo de los científicos. Pero eso ya estaba escrito y me encontré en ese lugar donde estaba en el fin del mundo y eso me resultó muy revelador.

—Allí, en un momento, cuenta en el libro, se desvió del camino y se mandó solo a ese peligro blanco de la Antártida. Por lo visto en el libro esa fue siempre una costumbre suya.

—Sí, en todos los ámbitos: me ha pasado laboralmente, políticamente, en mi relación con la Iglesia y mi fe. Siempre me ha pasado llegar a lugares donde me separo del camino. Y, como me pasó en la Antártida y cuento en el libro, he terminado caminando a los tropezones entre las piedras. Pero fue una experiencia que me ayudó a comprender muchas cosas de mi vida y la literatura. Y eso me marcó para escribir todo el libro.

—En el prólogo dice que después de escribir Las cenizas del cóndor quedó convalesciente. ¿Tanto le duele escribir o fue esa novela en particular?

—Las dos, pero esa novela en particular me dolió porque fue un proceso de varios años. Y muy torturante. Y también me agotó porque el esfuerzo de investigar y leer fue muy grande. Y eso que no descubrí nada, sino que le puse una historia a cosas que se sabían.

—Le dedica un capítulo de La vida y los papeles a hablar sobre su salud, sobre esos tremendos "golpes en la cabeza" que le significan padecer la enfermedad de Horton. ¿Qué lo decidió a compartir eso?

—Descubrí que hay muy poco conocimiento de eso. Pensé que otros enfermos se podrían sentir consolados o los familiares saber cómo es el proceso. Era hacer un retrato hablado de mi enfermedad y que el lector pudiera, a través de eso, conocerme a mí.

—Es cierto, comparte mucha intimidad con el lector.

—Es honesto, decente, compartir esas cosas. Siempre fui muy bien tratado por la gente como escritor, y me parecía honesto si escribía un libro con algunas historias mías, algunas muy significativas, y compartir mucho.

—Usted fue finalista del premio Planeta, pero en general uno ve que los escritores uruguayos están fuera del circuito de la literatura latinoamericana y sus reconocimientos. ¿Por qué cree que está pasando eso?

—Se está escribiendo muy buena literatura, pero hay un conflicto entre la dimensión del mercado uruguayo y los problemas que tiene la industria editorial; se hace muy difícil para las editoriales llevar adelante un proyecto con un escritor uruguayo que tiene una base pequeña de lectores. Y hay un aislamiento autogenerado de muchos escritores. Yo pienso distinto.

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