Carlitos Páez

"No conozco otro lenguaje que no sea la franqueza"

“Si no cuento algo es porque me olvidé”, bromea Carlitos Páez sobre Desde la cordillera del alma, su libro de memorias que sale a la venta esta semana a través de la editorial Planeta.

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Páez: "Fuimos gente común viviendo una aventura extraordinaria"

El libro está subtitulado “sobrevivir a Los Andes y superar las tragedias de la vida” porque en él, Páez no se refiere solo a sus 70 días perdido en Los Andes, sino también a otras “avalanchas” que debió pasar en su vida principalmente el divorcio de sus padres (y la relación con Carlos Páez Vilaró, su padre) y la adicción a las drogas. De esas cosas habló con El País.

—¿Por qué publicar ahora este libro de memorias?

—La gente me lo pedía. Yo había escrito dos libros: Después del día 10 y Mi segunda cordillera pero la gente quería saber más. Yo siempre escribí desde la franqueza por lo que este es también un libro franco. Desnudarse así, para una sociedad tan chica como la uruguaya —aunque a mi me importa poco— sé que no es fácil. Cuando doy conferencias, la gente me dice, "Carlitos, ¿cómo hacés para presentarte como adicto a las drogas". Y a mi me fue bien así. No es que lo haya hecho para que me fuera bien, lo hice porque es así. No conozco otro lenguaje que no sea la franqueza.

—Franco es una buena manera de definir el tono del libro. No sólo por lo que cuenta de los Andes o de su vínculo con la droga, sino también sobre su relación con su padre, Carlos Páez Vilaró.

—Yo soy un tipo común al que le tocó vivir una aventura extraordinaria como la de los Andes y me tocó ser hijo de un padre famoso. Todos tenemos padres que son más importantes que uno mismo y hay que encarar una relación que de alguna manera es competitiva.

—Pero usted se refiere como un momento clave en su vida: el divorcio de sus padres. Y su padre es mencionado muchas veces en el libro.

—La cordillera del divorcio de mis padres fue más embromada que la cordillera de los Andes y la cordillera de la salida de las drogas también fue más embromada que la de los Andes. La gente toma como parámetro los Andes pero uno pasó cosas más jodidas.

—En este libro usted cuenta todas esas cordilleras.

—Y por supuesto que no pretende ser un libro de autoayuda, ni mucho menos. De hecho detesto los libros de autoayuda. Es un testimonio que si puede ayudar a alguien, yo quedo feliz de la vida.

—Hablemos de la primera cordillera. ¿Qué faltaba decir sobre lo que le pasó en esos 72 días en el medio de los Andes?

—Quizás sea un punto de vista más adulto porque en aquel tiempo era un joven que lo veía como una aventura sacada de los libros de Tom Sawyer. Además doy más de 100 conferencias por año en el mundo entero y veo el impacto que sigue teniendo ese relato. Acá hay un lado más maduro de cómo se vivió una historia y cómo repercutió eso en mí.

—Se ha escrito y visto mucho sobre el tema, igual.

—Está muy trillado pero no importa porque es impresionante. Hace poco dí una conferencia y fue maravillosa la reacción de la gente: cien uruguayos aplaudiéndome de pie. Y eso pasa en el mundo entero. En México di una conferencia para 10.000 personas y vengo de dar otra para 5.000. ¿Cómo se explica todo eso? Es que fuimos gente común viviendo una experiencia extraordinaria.

—Insiste en el papel de su padre en muchos aspectos de su vida pero principalmente en lo que hizo cuando ustedes estaban perdidos en la cordillera. ¿Cómo juzga eso?

—Papá hizo una cosa epopéyica. Fue un inconsciente, un insensato. Yo voy a Chile mucho por conferencias y cada vez que cruzo la cordillera pienso que si le pasara a mi hijo esto, no sé si tengo los cojones que tuvo mi viejo de encarar una búsqueda. Sé que estuvo impulsado por mi madre, una tipa con un caracter brutal...

—Sí, en el libro hay que como un enaltecimiento de la figura de su madre...

—Porque esa es la realidad. Papá es la cara visible de todo pero mamá lo impulsó, como que lo empujó. Yo no sé si a papá le faltaba caracter porque al final hizo siempre lo que quería, pero ante alguien de más caracter, aflojaba. Y mamá tenía un gran caracter, era impresionante.

—Pero usted en el libro, dice que en esa epopeya de Carlos Páez Vilaró, había mucho de ego, una búsqueda del protagonismo.

—Es que papá no podía no ser protagonista. Y después tuvo la suerte de que se le diera: era como jugar a primera docena en la ruleta. A él se le dio. Y no sólo lo capitalizó él, sino que también lo hizo la gente. Acá en Uruguay, las figuras de los Andes son Parrado por un lado y papá por el otro. Esa es la verdad. Lo que quedó fue la figura del padre buscando al hijo. Incluso hay gente que dice que nos salvamos porque papá nos buscó, pero al final no se le dio esa de encontrarnos él.

—De hecho, usted cuenta que se estaba yendo cuando los hallaron.

—Sí, pero es genial que haya gente que me diga que nos salvamos gracias a mi padre.

—Aunque por momentos es crítico de cómo su padre se vinculó con usted, a su vez es una figura a la que extraña y a la que recuerda con mucho cariño de los tiempos de La Pionera, la casa familiar donde ahora está Casapueblo.

—Es que viví una infancia con papá monumental. Y quizás por esa debilidad de caracter, nos tenía a todos en Casapueblo con todos los amigos, todos contenidos en un lugar. Eso le daba tranquilidad.

—Qué dijeron sus hermanas sobre lo que usted cuenta de sus padres. Es duro, aunque en el último capítulo reivindica un poco su figura.

—Es que cuento lo que es la historia de la vida. Si no fuera así estaría armando una novela rosa. Al final entendí que con mi padre íbamos por carriles diferentes. Terminé con una excelente relación con él, es un tipo al que extraño mucho y extraño no vivir con la presencia de papá arriba. Extraño que no esté porque él siempre estaba.

—Entonces, ¿su familia que piensa de cómo presentó a Carlos Páez Vilaró en el libro?

—Ahí está todo el tema de la familia y que cada uno encara las cosas a su manera y busca su propio protagonismo. Hay todo un lío por la sucesión y parece como que se mide el sentimiento con plata. Es algo raro. Psicológicamente es como que más me quería, más heredé. Como que si yo tengo algo material es como que tengo algo de su amor. Pero bueno, todas las sucesiones se complican.

—Aunque usted dice que no le gusta dar consejos ni es un libro de autoayuda, el último capitulo se llama "Pasar el mensaje", que es el último paso en el proceso de rehabilitación de Alcohólicos Anónimos.

—Pasar el mensaje sin pasar el mensaje. Es que creo que basta que un adicto salga de la droga para que haya valido la pena escribir el libro. Porque salir de la droga no es fácil. Esa sí que es una cordillera difícil.

Perfil.


Nombre: Carlitos Páez - Nació: en Montevideo, el 31 de octubre de 1953.

Sobrevivir y salir mejor.


El día de su cumpleaños número 19 fue tremendo para Carlitos Páez. Estaba perdido en el medio de los Andes después de un accidente aéreo que mató a varios de sus amigos y hacía dos días, una avalancha había matado a su mejor amigo.

Era uno de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes, un hecho que, inevitablemente, cambió su vida para siempre. Cuando subió a aquel avión, era un despreocupado "niño rico" cuando salió había vivido una experiencia límite que lo obligó a empezar de cero. Encontró refugio en el alcohol y las drogas (algo que él no vincula directamente con lo sucedido en la cordillera sino a otros problemas) hasta que en 1992, consiguió liberarse de su adicción.

De ese periplo personal que incluye además el relacionamiento con un padre famoso (el artista Carlos Páez Vilaró) y no siempre presente, va su nuevo libro, Desde la cordillera del alma, unas memorias que no obvia ningún detalle. Hoy, a los 61 años, se dedica a dar conferencias (un centenar por año) y a disfrutar de sus hijos y sus nietos. Y a sentirse mucho mejor.

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