Exposición

El Centro Cultural de España rescata la vida y la obra de Fernando Díaz-Plaja

La muestra El ruido y la furia: el siglo de Fernando Díaz-Plaja va hasta marzo

Fernando Díaz-Plaja en el Centro Cultual de España. Foto: Difusión
Fernando Díaz-Plaja en el Centro Cultual de España. Foto: Difusión

En la sala hay un sofá, una máquina de escribir, recortes de periódicos, cartas, fotos, una televisión que sintoniza un programa de décadas pasadas y un cuadro, grande, que enmarca una foto montada con cinco caras enfrentadas. Las caras son iguales: es Fernando Díaz-Plaja que se mira, se admira, como lo hizo en vida y como —es la sensación que genera el montaje— lo seguirá haciendo por la eternidad. Para eso —pienso— habrá hecho los que llamaba “álbumes de la vanidad”, en los que hizo recuento de su vida fructífera para aquellos que osaron borrarlo de sus memorias.

Díaz-Plaja era el de las tertulias de la alta sociedad, el de la carta de Luis Buñuel, el que se codeaba con famosos. Díaz-Plaja el intelectual, el historiador y periodista. El escritor español que se mudó a Uruguay en 1999, vivió en Punta del Este, murió en el Hogar Español de Montevideo y dejó un legado para la historia de ambos países que, ahora, el Centro Cultural de España rescata en una exposición que se inauguró en el Festival Cervantino de Montevideo, y estará abierta hasta mediados de marzo. Se puede visitar de lunes a sábados, desde las 11.00, con entrada libre.

El ruido y la furia: el siglo de Fernando Díaz-Plaja surgió como un intento desde el Centro Cultural de España de Montevideo de rescatar una figura que, para Ricardo Ramón Jarne, director de la institución, ha pasado injustamente inadvertida para unas cuantas generaciones. “Creo que tiene que ver con esas cosas de la fama y los olvidos, y luego están los falsos estigmas”, opina el director. Explica que lo de los estigmas viene porque después del Franquismo se recuperó a los intelectuales que estaban en el exterior, exiliados, a “los que se habían quedado, independientemente de sus ideologías, estaban marcados”.

Fernando Díaz-Plaja en el Centro Cultual de España. Foto: Difusión
Fernando Díaz-Plaja en el Centro Cultual de España. Foto: Difusión

Díaz-Plaja se quedó, y después fue pasando de moda.

Ramón Jarne cree que otra cosa que le jugó en contra fue el haber sido un “escritor de pluma fácil y rápida”. Dice que en el “mundo intraintelectual” es preferible sacar un libro cada tres años, no conceder entrevistas y crear un aura de misterio. Díaz-Plaja era todo lo contrario: estuvo en todos los jurados de todos los concursos importantes, iba a cada fiesta a la que estaba invitado y salía en todos los programas de televisión de variedades.

“Era una persona que hablaba siete idiomas, con una cultura impresionante, y como estaba muy acostumbrado a la vida en sociedad, sus conversaciones eran muy amenas, por lo cual era el invitado perfecto para una televisión española que, entonces, sabía mezclar el entretenimiento con la cultura”, remata.

Pero Ramón Jarne estaba seguro de que había que recuperarlo y acá, en el espacio que dirige en el país donde Díaz-Plaja pasó sus últimos años, era el lugar. Cuando el escritor murió, en 2012, quedó todo su legado en el apartamento de Punta del Este donde había vivido antes de trasladarse al Hogar Español. Fue cuando Ramón Jarne llegó a Uruguay para dirigir el Centro Cultural de España, se enteró por amigos que ese material existía, y lo recuperó. Era un apartamento pequeño, pero allí estaba toda su vida, aunque no se pudo traer la biblioteca entera porque era inmensa.

Fernando Díaz-Plaja en el Centro Cultual de España. Foto: Difusión
Fernando Díaz-Plaja en el Centro Cultual de España. Foto: Difusión

En abril pasado se cumplieron 100 años del nacimiento del escritor español, y para Ramón Jarne, organizar sus materiales, primero para conservarlos, y segundo para armar una exposición, es una forma de brindar un homenaje y de traer su importancia a este siglo, bajo la curaduría de María Ángeles González Briz y Florencia Morera. Y es, además, un primer intento de acercar a Díaz-Plaja, otra vez, al mundo intelectual y literario.

Ahora, y después de un trabajo de años, las cartas manuscritas de Luis Buñuel, Marañón o Américo Castro, están expuestas para contar lo que fue esa vida de tanto “ruido” del escritor e historiador. “Él recopilaba todo en sus ‘álbumes de la vanidad’, donde tenía críticas buenas de sus libros, las cartas con famosos e importantes invitaciones a fiestas y palacios”.

Lo de la “furia”, dice Ramón Jarne, es porque se lo ignoró, se lo castigó y se lo olvidó. La relevancia literaria del autor de El español y los siete pecados capitales, y una saga que tuvo éxito en ventas e incluyó a El uruguayo y los siete pecados capitales, está en que “planteó una manera muy didáctica de estudiar la historia, siendo muy crítico desde un lugar de ironía y humor. Le importaba tener un tono popular, de acercamiento con el lector”, dice Ramón Jarne.

Pone énfasis en el libro Francófilos y germanófilos (1973), en el que trabajó las influencias de la cultura francesa y alemana, “mal entendida por muchos intelectuales de segunda fila que se creían que por citar cuatro nombres eran más importantes”.

Ramón Jarne dice que con su literatura y forma de contar la historia, “Díaz-Plaja pintó un fresco muy natural del siglo en que vivió”.

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