Con Maureen O’Hara se despidió otra leyenda del cine

El adiós a una pelirroja explosiva

John Wayne, que fue uno de sus mejores amigos, dijo cierta vez de ella: "Es uno de los mejores tipos de la pandilla". La "pandilla" era, por supuesto, la muy masculina de amigos y actores habituales de John Ford, que solían reunirse los fines de semana en largas sesiones de alcohol y camaradería en el yate del Maestro.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Su nombre quedará unido para siempre a los de John Wayne y John Ford.

Llamar "tipo" a Maureen O’Hara puede parecer, a primera vista, un sacrilegio: la actriz irlandesa, que falleció el pasado fin de semana a los noventa y cinco años de edad, podía ser ciertamente muy femenina, aunque tenía también un espíritu enérgico, peleador y turbulento que se integraba sin mucho esfuerzo en el universo de Ford y (especialmente) de Wayne.

Es inevitable conectarla con lo mejor de Ford, aunque no fue una integrante permanente de la "John Ford stock company". De hecho, actuó en solo cinco películas del gran cineasta, aunque dos de ellas por lo menos son inolvidables (¡Qué verde era mi valle!, 1941; El hombre quieto, 1952), y la primera contiene probablemente la mejor actuación de su carrera. Curiosamente, no se llevaba bien con Ford y habló bastante mal de él en sus memorias. Fue, en cambio, amiga de toda la vida (y según las leyenda o las malas lenguas hollywoodenses, algo más durante algún tiempo) de Wayne.

Se conocieron en 1939, y se asegura que su primer contacto se produjo cuando lo ayudó a llegar a su casa borracho, impidiendo que hiciera un papelón público Actuó con él en otras dos películas de Ford (Río Grande, 1950; Alas de águila, 1957), sin él en otra más (Cuna de héroes, 1955, donde el galán era Tyrone Power), y otra vez con él en dos más sin Ford (la ya mencionada Hombre de verdad, 1963; Gigante entre los hombres, 1971). Este último western dirigido por George Sherman contenía por lo menos una secuencia memorable: el Duke entraba en cuadro, la contemplaba desde su metro noventa y dos, y le decía con una semisonrisa y la complicidad de dos viejos amigos "Estás tan linda como de costumbre". Era cierto, claro.

Uno de los rasgos llamativos de la carrera de Maureen es la asombrosa madurez en pantalla que supo exhibir desde muy joven. Tenía apenas dieciocho años y se llamaba todavía Maureen FitzSimons cuando Charles Laughton y Alfred Hitchcock le ofrecieron su primer protagónico (el film de aventuras La posada maldita, rodado en Inglaterra), y Laughton se la llevó casi de inmediato a Hollywood para que encarnara a la gitana Esmeralda en su versión de El jorobado de Notre Dame (1939), dirigida por William Dieterle. Desde entonces y hasta 1973 continuó trabajando sin parar, a menudo en películas que no necesitaban de su energía, su belleza pelirroja y su presencia en pantalla.

De todos modos, no es difícil entender que haya atraído el interés de Ford, quien acaso estuvo enamorado de ella, aunque el sentimiento no haya sido recíproco. Contra una persistente leyenda que hace del autor de La diligencia y machista y un misógino, Ford tuvo siempre una predilección por las mujeres fuertes, casi bíblicas: madres que son verdaderas torres de fortaleza (Viñas de ira, ¡Qué verde era mi valle!), pero también damas más jóvenes y activas que participan en la acción, toman sus propias decisiones y a menudo operan como "voz de la conciencia" del héroe (Maureen en ¡Qué verde era mi valle!, Carroll Baker en El ocaso de los cheyennes, 1964; varias más). Naturalmente, una espléndida comedia como El hombre quieto, que copia toda una zona de su tema de La fierecilla domada (o La doma de la bravía) de Shakespeare, no es apta para sensibilidades feministas o políticamente correctas, con su héroe (Wayne) que trata literalmente a los puntapiés a su dama. Solo que resulta difícil percibir al Duke como un perpetrador de violencia de género: cuando se pelea con Maureen en esa película (como cuando lo hizo con Sophia Loren en La leyenda de los perdidos, 1957, y recibió un merecido sartenazo en la cabeza) uno siente, simplemente, que se está metiendo con alguien de su tamaño. Maureen podía ser cualquier cosa, excepto una víctima.

Si una imagen arquetípica queda de ella en el recuerdo es la de la heroína de Hombre de verdad, con su aspecto de dama a quien, sin embargo, comienza a correrle la adrenalina cuando se inicia una pelea en medio del barro y se mete en el tumulto, sosteniéndose la capelina con una mano mientras con la otra empuña su alfiler de sombrero, para dolorosa experiencia de otros participantes en la gresca.

Esa predilección de nuestra pelirroja por la comedia de acción poblada de humor físico, que la llevó del "western" a la película de piratas, no debería hacer perder de vista a la fina actriz dramática que podía ser cuando tenía detrás un director que la respaldaba y delante un libreto que le proporcionaba la oportunidad. La mezcla de enfado y susurro enamorado con que reaccionaba ante el educado rechazo del personaje de Walter Pidgeon (que no quería arrastrarla a una vida de pobreza y terminaba empujándola a un matrimonio sin amor) en ¡Qué verde era mi valle!, puede figurar en cualquier antología. Y no es el único momento memorable de ese y otros films.

Luego de 1973, Maureen espació sus actuaciones. Viuda del dueño de una compañía de aviación, se dedicó a manejar el negocio de su esposo. Desde entonces solo volvió esporádicamente a la pantalla, despidiéndose en 2000 con el telefilm The Last Dance, donde fue una veterana profesora que fingía su muerte para averiguar quiénes vendrían (o no) a su funeral. Tenía 80 años, y era todavía la abuela más linda del mundo.

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