Entraron diez días después del arranque del reality con muchas ganas de jugar. Se hicieron notar. No se consideran fuertes ni estrategas porque están afuera pero el público los tenía como hábiles e interesantes. Incluso en la calle los felicitan por su juego. Los gemelos uruguayos de 22 años, Leonardo y Fabricio Chaves, estrenaron un formato en la casa más famosa del Río de la Plata al convertirse en los primeros hermanos en ingresar al reality. Los chicos pusieron todas las armas sobre la mesa y no dejaron nada librado al azar. Acordaron ser ellos mismos, mostrarse transparentes y si “alguno desafinaba” marcárselo al otro, pero no tuvieron necesidad de hacerlo. Afuera también coordinaron jugar de manera independiente aunque “votar de la misma forma pero a la inversa para que fueran tres votos y tres votos. Eso sí lo planteamos y nos salió en todas las nominaciones”, explica Leo. Quizá sea porque les caen bien o mal las mismas personas, por un juego de gestos y miradas o por esa inexplicable telepatía que tienen los gemelos pero sea como sea, se las ingeniaron para que ese plan les saliera perfecto sin pifiar ninguna nominación ni hacer complot. “Yo le daba a entender de alguna manera a quién iba a votar, si él estaba de acuerdo también los votaba y sino me replanteaba otra propuesta”, añade Leo. Muchos pensaban que no dormían pero era porque siempre veían a uno caminando. Fabricio permanecía toda la noche en vela y elegía dormir durante el día; Leo hacía lo inverso. “Ahí si no estás bien despierto te sacan”, asegura Fabricio. Se llevaban con participantes diferentes, dormían en distintos cuartos y así no le daban la chance a ninguno de los dos grupos para que hablara mal de ellos: siempre había uno con la oreja parada. “Creo que la mejor estrategia que podés tener es estar atento, llevarte bien con todos y ser vos”, asegura Fabricio. No entraron a Gran Hermano como un trampolín a la fama o para quedarse en la TV. A Fabricio no le gustaron los medios ni piensa continuar ahí. Sigue en la auditoría donde trabajaba antes de entrar al reality y viaja para estar en los debates junto a su hermano. A Leo le gustó el detrás de cámara pero por ahora sigue trabajando en una remisería y quiere ser profesor de dibujo. Los gemelos uruguayos hablaron con Sábado Show acerca de su paso por el reality con sandwich caliente y jugo de naranja de por medio. Y no negaron ninguna foto a quienes se acercaron a saludarlos. DETRÁS DEL “ENVASE”. Iguales en apariencia pero aseguran a coro que los separa el carácter. Esa diferencia se palpó a través del ojo de Gran Hermano. Ambos entraron con el mismo entusiasmo y las mismas ganas pero desde el principio Leo se integró y adaptó mucho mejor. A Fabricio le costó familiarizarse con el ambiente. No durmió de entrada en el cuarto porque se sentía un intruso. “A mí no me costó para nada, es más, me sentí integrado. Para mí, él no”, increpa Leo. Y su gemelo lo interroga: “¿Por qué?”. “Porque dormías de noche para no tener que verle la cara a algunas personas. Los primeros días se fue a dormir al living por no saber integrarse”, le responde. “Yo soy más tímido, es la parte que él no entiende. Me costaba. Ellos convivían hacía diez días, se conocían, yo entraba como un intruso a su casa, también como participante pero sabía que tenía que pagar un derecho de piso. Para darles un tiempo me integré de a poquito con uno o dos durmiendo en el living, después con otros tres en el patio y cuando ya me iba llevando con seis o siete me iba al cuarto”, da su versión de los hechos. Mientras el mejor recuerdo de Fabricio es la estadía en la casa chica con las dos gemelas argentinas, Leo se divirtió pero lo vivió como una instancia más a superar para estar en el gran juego. “La casa chica fue algo que dio qué hablar pero para mí era la expectativa de entrar a la casa grande. Eso me mantenía contento”, confirma. Los hermanos entraron por la plata y la experiencia. Pero Fabricio no soportó y apretó el botón rojo a pocos días de Navidad: “Pensé que iba a aguantar un poco más pero se me hizo insostenible la situación”. “Él empezó a extrañar y se terminó yendo. Yo no extrañé a nadie”, dice Leo, que le reprocha a diario haberlo abandonado. Y agrega: “Yo jugué a las escondidas, me reventé, no me importaba. Yo me divertía, él no”. Mientras Leo disfrutaba de las guerras de almohadones, Fabricio prefería nadar en la pileta o hablar de la vida con otro participante. “No es mi forma de divertirme andar a las corridas por una casa con 22 años. No voy a hacer un retroceso a la adolescencia (...) Tenemos diferentes personalidades. Yo no soy tan divertido como Leo, soy más serio y tranquilo. Me divierto con otras cosas”. Los dos tienen claro que ser famoso es otra cosa: “Se hace con el tiempo. Esto es algo que te hacés conocido y al mes ya está”. Por ahora, Fabricio disfruta de su efímera “fama”: se ríe, le divierte que se le acerquen para saludarlo o pedirle una foto. “Leo es un poquito más áspero con esas cosas”, según su hermano. “Los que se te acercan con buena onda sí, sino, no es divertido”, dice Leo. PIONEROS. Fabricio se presentó aquel 13 de octubre de 2011 en los estudios de Canal 4 para hacer el casting. Durante la entrevista insistieron en por qué no había ido con su hermano. “Me fui con un gustito amargo. Pensé, uy, hubiera venido con Leo”. Al día siguiente le insistió tanto a su gemelo que lo convenció. “Leo estaba más molesto por haber faltado un día al trabajo que por no quedar en el casting”. Pasaron directo a la prueba de cámara y se fueron a Buenos Aires a completar el resto de los test. Los superaron todos pero “siempre pensamos que éramos una especie de suplentes porque es lo que te dan a entender para que no hables. No tiene gracia que le cuentes a todo el mundo que vas a entrar”. Durante la estadía en la casa chica junto al otro par de gemelas no se imaginaron que pasarían a la grande. Estaban seguros de que las mujeres superarían el telefónico. Se equivocaron y ganaron por el 59% de los votos. “Estaba difícil que los primeros hermanos en Gran Hermano justo fueran uruguayos y no sus gemelas argentinas. Creíamos que no entrábamos pero se dio”, asegura Fabricio. Fabricio tomó la iniciativa de entrar pero a la hora de jugar Leo se puso más firme que su hermano, aguantó el encierro, la convivencia, el aislamiento y quiso ganar. “Una cosa es verlo como espectador y otra como participante. Desde afuera decís: ‘ah pero es re fácil, entrás, te divertís, votás, sobrevivís el encierro’. Adentro es jodidísimo. Para mí dos meses fueron como treinta años. Los días son eternos”, comenta Leo. Pero a pesar de que le resultó complicado, nunca pensó en irse. “No me arrepiento de nada. De estar afuera sí me arrepiento. No quería salir. Fabri entró para salir”. Y vuelve a darle palo a su gemelo por la temprana retirada. UNIDOS. De chicos los vestían igual e incluso recuerdan una foto de cuando tenían dos años donde es imposible reconocer quién es quién, pero no les molesta. Leo lo ve “tierno y lindo”. Comparten la ropa, fueron a la misma escuela pero nunca estuvieron en la misma clase. Supieron utilizar su semejanza física con fines estudiantiles alguna vez. Tienen una forma especial de celebrar su cumpleaños. Arrancan cada 30 de setiembre cada uno por su lado. Al otro día se juntan un rato en su casa para que los familiares los saluden y después se vuelven a separar. “Igual durante todo el día nos mensajeamos, cómo te va, quién te escribió”, dice Leo. Es que siempre hay alguien que manda un mensaje de texto para los dos: “Feliz cumple a vos y a tu hermano”. Ahí se percibe esa falta de individualidad que les pesa: “De repente me dicen, ‘che Fabri’, ‘no, soy Leo’. ‘Ah, ta, es lo mismo’. No, no es lo mismo”. Aunque cueste creerlo nunca pasaron tanto tiempo juntos como en Gran Hermano. Es que no suelen irse de vacaciones juntos, por ejemplo. Si bien en la casa se veían un par de horas al día porque tenían los horarios cambiados, a Leo en algún momento se le hizo insoportable: “Llega un momento en que no lo querés ver más ni adentro ni afuera”. Leo es más independiente; a Fabricio le cuesta más: “Le encanta ir atrás, a mí no me gusta”. Es que según Fabricio, su hermano es más “individualista y menos compañero”. Leo no lo ve de esa forma, aunque reconoce que la “histeria” es suya. “Tengo mi vida, mis amigos. ¿Por qué te tengo que arrastrar a vos si de repente quiero estar solo y no te quiero ver? Ayer, por ejemplo, salí con mis amigos y me llamó como si fuera mi novia durante cuatro horas: ‘dónde estás, qué vas a hacer, a qué hora venís’. No entendía que me había ido para no verlo porque había estado tanto tiempo con él que me molestaba llevarlo”. Más allá de esas sutilezas, comparten un código especial. Sus peleas son suyas y las necesitan para pasar el día. Leo hace catarsis gritando con su hermano y éste se la banca. Dentro de la casa hubo quienes no llegaron a comprender ese vínculo y se incomodaron por la forma en que se trataban. “Había que tener la capacidad para entender cómo era nuestra relación porque a muchos les podía caer mal la forma de hablarnos entre nosotros”, indica Fabricio. Clarisa le dijo a Fabricio: “Tu hermano va a tener que cambiar, no puede ser que te hable así, adelante mío no me gusta que te hable así. Pero si no me molesta a mí que soy el hermano, menos le debería molestar a otro”. A pesar de los encontronazos, se priorizaban uno al otro. Fabricio pasaba parte de la noche haciendo galletitas para que su hermano las comiera en el desayuno y Leo le guardaba un plato del almuerzo mientras Fabricio dormía para que no se quedara sin comer. Durante la estadía en la casa supieron sacarle jugo a esa fraternidad. “La confianza ahí adentro no la tenés en nadie, en que esté tu hermano sí. Es algo que ninguno del resto lo tiene. Por eso cuando se fue Fabri yo me sentí súper mal porque había perdido a alguien en quién confiaba ciegamente”. ¿independientes? Jugaron juntos y el resto los veía como una amenaza. Les tenían miedo porque sabían que votaban igual. “Si yo me peleaba con vos, Leo también y te íbamos a votar los dos”. Pero a su vez están seguros de que lograron independizarse. “Sabían que íbamos a votar igual, que éramos compañeros para el juego pero lograron ver que éramos diferentes y votaban en relación a eso”, dice Leo. Tenían “asumidísimo” que si avanzaban serían competencia y les hubiese gustado disputar un telefónico el uno contra el otro. El 20 de diciembre Fabricio apretó el botón rojo, agarró sus valijas y se fue por voluntad propia en una clara muestra de que jugaban por separado. Leo sintió que había perdido una herramienta y lo exteriorizó. Varios saltaron y le dijeron, ‘un hermano no es una herramienta’. Pero para él lo era: había perdido tres votos que eran los de Fabricio contra los demás. “Me sentí solo, que me iban a faltar votos, que no iba a confiar en ninguno para poder hablarle libremente de cualquiera. Fue horrible”. El malestar le duró un par de días. Inauguró mal el 2012. Quedó afuera el 1 de enero en una extensa gala de expulsión: cuatro en placa, él y Leandro a la casa chica con las remeras de Uruguay y Argentina y una pelea entre ambos. “Fue cansador. Sabía que tenía todas para irme pero siempre me vi adentro. No quería verme afuera”, dice. Leo le reprocha a su gemelo el haberse ido porque no fue lo mismo la casa sin la dupla. “El público quería vernos juntos. Cada cual tenía sus cosas como participante individual y se iban a tener que encariñar pero con qué necesidad irse tan temprano si podíamos durar un poco más”, finaliza Leo.
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