HISTORIAS

Julio Bocca contó que conoció a su pareja en una playa nudista y celebra 10 años de amor

En una charla íntima rechaza la idea de casarse, pero confiesa que hablan sobre la paternidad

"Tiene más sentido invertir en escuelas, espectáculos que en cárceles". Foto: Archivo El País
Foto: Archivo El País

"Estoy muy feliz con la relación", dice el bailarín y director del Sodre Julio Bocca con un rictus de satisfacción que deja entrever su momento de plenitud. Su vida personal está alineada en la armonía de quien sabe que encontró el gran amor, el verdadero. Desde que se conocieron, no se separaron más. Siempre discreto y medido en sus palabras, Julio evita dar demasiados detalles sobre su pareja. Se preserva y lo preserva. Él es un exitoso economista uruguayo que también valora la libertad que otorga el perfil bajo. Ambos disfrutan de las salidas a las playas más alejadas de Montevideo, donde viven y, sobre todo, del día a día bajo el mismo techo con rituales infranqueables: cenas románticas regadas por exquisitos vinos y charlas infinitas.

Juntos construyeron una historia real, aunque digna de la escena. Es que buena parte de los relatos que transita la danza clásica, y que él interpretó, da cuenta de amores intensos. Correspondidos y de los otros. Con final feliz y no tanto. Y aunque su historia personal dista de aquellas plasmadas por el maestro franco ruso Marius Petipa, podría decirse que hoy la vida del más destacado y famoso bailarín argentino está atravesada por la intensidad de un enamoramiento digno de una partitura clásica.

Momento de inflexión

Hace una década, la vida de Julio Bocca mutó en otra. Después de años de formación y veintisiete de carrera profesional bajo la rigurosa exigencia de la danza, el notable artista abordó la que, quizás, fue la decisión más trascendente de su vida: retirarse de los escenarios y comenzar a disfrutar de días más plácidos con permisos para el disfrute, los vínculos sociales y la construcción del amor. Así sucedió. El universo y su deseo se aunaron para que el destino, y Eros, hiciesen lo suyo.

Habían pasado pocas horas de su apoteótica última función en la Avenida 9 de Julio, ante más de 300.000 personas que lo ovacionaron como a un rock star, sobre un escenario de 900 metros cuadrados. No era para menos, se despedía el trascendental virtuoso, de técnica precisa y exquisita, el que había logrado acercar a las multitudes a un arte, aún hoy, considerado de elite.

Luego de aquella imborrable noche de luna llena del 22 de diciembre de 2007, Julio parecía reconstruir al chico de Munro que soñaba con ser fiel a sus deseos, sin atender prejuicios ni miradas discordantes. A horas de la Navidad, y con cuatro décadas encima, ¡bienvenida crisis de los cuarenta! Julio, una vez más, estaba frente a avideces profundas y a la edificación de una nueva vida.

Para desarticular presiones, alejarse de las entrevistas y reencontrarse, partió hacia Punta del Este en busca de diversión: "Ese verano ya no trabajaba, así que aproveché para ir a todas las fiestas", recuerda en diálogo con LA NACION, mientras se dispone a almorzar sushi en el Jardín Japonés recién arribado desde Montevideo.

Aquel verano de 2008, las fiestas en el balneario uruguayo lo contaban como una de las celebridades invitadas que prestigiaba cada convite. Pero, en medio de esa agenda de bacanales glam, Julio se hizo tiempo para madrugar y disfrutar sin prejuicios del sol de enero en Portezuelo. La playa nudista Chihuahua fue el sitio escogido. "Era la primera vez que iba, no conocía ese lugar. Ahí nos vimos", dice con aún cierto atisbo de pudor. Ese "ahí nos vimos" refiere al encuentro inicial con quien es su pareja desde aquella precisa mañana de verano.

-¿Quién tomó la iniciativa?

-Fue mutuo. Ese mismo día él me invitó a ver el atardecer en Punta Ballena. Yo dije: ¡Ya está! ¡Fue espectacular!

Casi podría ser el argumento de una suite de partitura clásica. Pero se trata de una historia bien real. Allí, bajo el sol uruguayo, se sedujeron. Encuentro de cuerpos, pero, sobre todo, de almas. Hoy podría decirse que aquella casualidad sobre la arena fue todo un acontecimiento. "En enero cumplimos diez años de pareja", confiesa con indisimulable orgullo. Una década que coincide con su radicación en la pausada y bucólica Montevideo, lejos del vértigo de su vida anterior.

-Para alguien acostumbrado a manejar libremente su agenda, ¿cómo llevás la dinámica de pareja donde las decisiones ya son compartidas?

-Es una vida maravillosa, estoy muy feliz con cómo vamos aprendiendo a convivir.

-¿Desde cuándo conviven?

-¡Desde hace diez años!

-Indudablemente, el encuentro se tenía que dar. Se estaban esperando...

-Así es. Casi un milagro.

-¿Cómo es tu vida actualmente?

-Me levanto temprano, hago el desayuno, y a las ocho de la mañana entro a trabajar hasta las cinco de la tarde.

Su cotidianeidad frente a las playas del Río de la Plata le permite aprovechar más el tiempo, desarrollar una rutina amorosamente placentera y disfrutar de una vida con una residencia fija, a pesar de algunos compromisos internacionales que lo obligan a viajar.

Descendencia

A diez años de aquel encuentro en la playa, y con una relación tan afianzada, ¿pensás, piensan, en la paternidad?

-La verdad es que no tengo mucha paciencia con los niños, no sé si seré un buen padre. Por ahora, eso no sucederá.

-¿Está fuera de discusión o es una posibilidad aún lejana?

-Lo pensamos, se está hablando, no negamos el tema, pero no es algo de este momento. Eso no significa que, a futuro, no se pueda dar. El año que viene tendré varios cambios y, además, disfruto mucho de mi tiempo. Así que, por ahora, no es una variable.

-¿Han pensado bajo qué método podría concretarse la paternidad?

-Eso está abierto a todo tipo de opciones. Cuando se tome la decisión se verá cómo. Lo importante es poder tener el tiempo para criar y cuidar a la criatura. Cuando suceda, quiero estar, no me gustaría vivir de viaje. La gente me dice que todo se acomoda, pero siempre fui muy programado, así que no puedo modificar mi estructura.

-¿Se baraja la opción de un casamiento legal?

-¡Eso sí que no! ¡Eso está muy claro!

-¿La otra parte lo desea?

-¡No se habló! Estamos bien como estamos. Además, en Uruguay, luego de cinco años de convivencia, estés casado o no, se divide todo. Así que esa parte, que es la comprometida, ya está solucionada.

-Vivimos un tiempo donde la línea de lo público y privado es endeble. Vos siempre te manejaste con mucha prudencia al respecto, aunque ahora te mostrás un poco más abierto a hablar de cuestiones personales. En un mundo tan mediatizado, ¿cómo se hace para mantener algunas cuestiones íntimas al resguardo de la opinión pública?

-Cada uno decide qué quiere hacer con su vida. Yo siempre mantuve una distancia y la prensa me respetó. Eso es maravilloso porque no es tan fácil de lograr. Yo supe manejarlo.

Joven madurez

Julio transita los cincuenta años con plenitud física y emocional. Aunque alejado de la escena, su cuerpo sigue en impecable línea. "¿Así es ser viejo? Uno recuerda que antes, a esta edad, ya eras un abuelo. Ahora eso no existe. Interiormente me siento como si tuviera 30. De todos modos, físicamente hay signos. Tuve 9 operaciones y las rodillas pasan factura en los viajes. Mi abuela decía: ´va a llover porque me duelen las rodillas´. ¡Y es cierto! De todos modos, la cosa cambió. En Hong Kong veo a la gente mayor en el gimnasio".

-¿Le tenés miedo al paso del tiempo?

-¡Para nada! Estoy bien con lo que va pasando, con mis decisiones. Estoy feliz con el momento que estoy viviendo, con los cambios, con lo que puede venir.

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