crítica: Laurie anderson en Uruguay

El testamento artístico de una leyenda

El lunes la artista presentó The Language of the Future, en La Trastienda

Laurie Anderson
Laurie Anderson. Foto: La Nación

E l encuentro tuvo mucho de reencuentros generacional. Muchos de los espectadores que el lunes últimos fueron a La Trastienda a ver a Laurie Anderson, eran jóvenes tres décadas atrás, cuando las creaciones de la cantante y performer estadounidense eran grabadas y regrabadas en casetes, como material precioso, extraño, lleno de sugerencias y sentidos. Por eso el show The Language of the Future, que la notable artista presentó en Montevideo, fue además de un espectáculo en sí mismo, la posibilidad de tener ante los ojos a alguien con ribetes de leyenda.

En algún aspecto, una parte del público parecía entregado de antemano, como se notó desde los primeros aplausos. Quizá por eso, y evitando todo divismo, fue que la cantante (también violinista, poetisa, dibujante y performer) entró a escena y se entregó a lo suyo sin demasiados saludos.

El formato de The Language of the Future tiene una mezcla de recital literario y musical, apoyado por una pantalla desde el fondo del escenario, con imágenes que extienden los sentidos del texto, que Anderson fue leyendo cuidadosamente, como quien desarrolla un ritual.

El aspecto de esta artista, que llega a Montevideo con siete décadas de vida en su haber, es el de una mujer carismática, de movimientos armoniosos, con un cuerpo de artista que los años no han devastado. Vestida de negro, con calzado rojizo, su cara y sus manos sí acusan el paso de los años, que ella lleva con elegancia, como quien se sabe con una belleza propia más allá de los años.

El fuerte del espectáculo tuvo que ver con la voz de Anderson, y su manera de decir cada una de las palabras en juego. De narrar un texto de cierta extensión, dándole belleza y significación a todo lo que fue diciendo. Y el texto en sí fue otro de los puntales de este show. La artista anunció que no iba a hacer stand up, desde una dinámica irónica, puesto que dejó caer constantes toques de medido humor, desde una comicidad inteligente, de corte intelectual.

Sola en el escenario, Anderson fue contando un relato de corte autobiográfico, buscando hablar de su vida a través de pequeñas historias, recuerdos a veces tangenciales, otras veces crudos, siempre atractivos de ver y escuchar. Habló de su historia y de su pasado, remontándose a sus ancestros suecos, y también a todo el imaginario que uno se crea sobre uno mismo. Porque también comunicó cómo los clichés forman parte de la identidad de una persona.

Pero este relato íntimo, confesional, de historia personal, iba cobrando a la vez una dimensión nacional, norteamericana, en la que su compromiso político también tuvo su lugar, como reafirmando que lo personal y lo social no son dos dimensiones estancas. Estados Unidos vive un momento político muy especial, por las características de su presidente, y desde esa circunstancia Anderson generó algunos de los climas de su actuación.

Desde el texto y desde las imágenes confluyeron nombres de escritores y de políticos, en un discurso artístico que tuvo por temas una crítica a la violencia, al afán desmedido de hacer dinero, y los aspectos más inhumanos del mundo de hoy. Pero también entró en matices sobre la religiosidad, la pedagogía, y sobre las fantasías de un mundo rústico o más sencillo. El trabajo de la pantalla enriqueció el resultado, con imágenes testimoniales y con paisajes, con gráficos y con elementos poéticos. Y por supuesto que no faltaron las citas, sutiles, a Lou Reed, que reafirmaron los aspectos rituales del espectáculo.

Lógicamente, hubo mucha música electrónica, que ella generó desde los instrumentos y desde las computadoras que la rodeaban. La artista fue alternando con la palabra, violín y teclado, junto a toda una batería de sonidos. Pero siempre prevaleció el peso de lo humano en el conjunto de este espectáculo, que tuvo algo de testamento artístico.

La Trastienda fue el sitio justo para este recital de música y palabra, que en general se pudo ver con comodidad. Si bien en la sala había mucho gente, no se trató de un espectáculo multitudinario. Laurie Anderson fue un nombre querido para muchos uruguayos que hoy ya no son jóvenes, y con esta visita se la pudo conocer desde su costado más humano, más ella misma.

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