GUITARRISTA QUE VUELVE A UNA MÚSICA FAMILIAR

Otro Rada que tiene magia propia

Antes de tocar en vivo las canciones de Totem, Matías Rada cuenta su propia historia.

Matías Rada
Matías Rada. Foto: Ariel Colmegna

Hasta hace un tiempo, cuando alguien se le acercaba y le hablaba de lo buen guitarrista que es, la reacción de Matías Rada estaba entre la incredulidad y la fobia: le costaba entender los elogios y en vez de ponerse contento, casi que por acto reflejo tiraba "mala onda". Ahora las cosas cambiaron: de a poco, el hijo de Ruben Rada fue soltándose, y aunque hay instancias que sigue padeciendo, disfruta de los comentarios positivos.

Tiene claro Matías, a sus 31 años, que algo cambió en él cuando a los nueve se vino con su familia desde México a Uruguay, desde el anonimato a la popularidad, desde un país que no lo veía a uno a otro en el que su padre era una celebridad. Si piensa en aquella época, en su primera impresión de esta cultura, antes del quinquenio de Peñarol y de otras "mil cosas" vienen los saludos en la calle, el rostro de su padre en la tele, el enfrentar la masividad.

"Siempre supe que mi papá era famoso", cuenta en charla con El País, "pero no lo cotejaba con la realidad. Y creo que eso me volvió alguien tímido".

Aunque resguardado en esa timidez, Matías Rada no puede no llamar la atención. Alto, corpulento, con un afro rebelde y una mirada tierna que se oculta debajo del pelo, es uno de los guitarristas más originales de la escena actual. Generó un sonido propio al que le sobra contundencia y groove, clásico y actual, que hoy muestra siendo parte de la banda de su padre, de los Bochamakers que acompañan a Martín Buscaglia y de Illya Kuryaki and The Valderramas. El año pasado, además, fue el gran reemplazo de Carlos Casacuberta en Peyote Asesino.

Matías Rada
"Malísimo" de Ruben Rada en "Encuentro en el estudio"

Y todo eso pasó "medio de casualidad", sin planes. Empezó a tocar en plena adolescencia; quería tocar metal, su género de cabecera, pero nunca pudo porque —dice— nunca fue virtuoso. Jugó, más bien, a escuchar música y a tocar sobre ella, y para los 20 o 21 años su padre ya lo había hecho salir a la cancha a tocar con él.

"Después entré en una crisis porque pensé que estaba ahí porque él era mi padre", cuenta, y cuando Martín Buscaglia le ofreció sumarse a los Bochamakers vino el quiebre, que terminó de concretarse cuando al poco tiempo Emmanuel Horvilleur y Dante Spinetta lo convocaron para los Kuryaki. "Y desde ahí, aunque soy inseguro, empecé a decir que soy músico", añade. "Porque me superó la música, terminó quedándose en mi vida. Capaz que por ser hijo de mi padre no quería hacer nada parecido a él: no sabía que estaba predestinado".

Hoy, que dice estar en un "momento de búsqueda" de cara a un proyecto musical propio (no necesariamente pretende ser solista pero sí necesita tener un espacio donde poder aportar) y soñando con hacer algo con su hermana Julieta —"pero somos los dos tímidos, nos cuesta abrirnos"—, se prepara para "celebrar" la música de Totem, que es parte clave de su historia familiar.

TOTEM

Volver a un legado

El miércoles a las 19:30, Matías Rada tocará las canciones de Totem en el ciclo Antel MUS 360, en la Sala Mario Benedetti de la Torre de las Telecomunicaciones (entradas en Tickantel a $ 300), y es un programa con fonoplatea que conduce Gustaf y va por Vera.

Rada aceptó la invitación de la producción y convocó a Emiliano Pérez, Marco Messina, Federico Blois y Dinamita Pereda para darle forma a una banda que lo tiene como responsable. Con ellos hará las canciones más populares del fugaz y trascendental grupo que supo integrar su padre, y compartirá las voces con sus hermanas Julieta y Lucila. "Me recuesta cantar, es algo muy íntimo y no termino de aprender a disfrutarlo, pero voy a aprovechar la situación".

Y asegura que no se acuerda qué le dijo Ruben cuando le contó de este proyecto que liderará y que pretende repetir al menos una vez, porque "ya estaba muy nervioso".

"Para mí Totem es de las bandas más importantes que hubo acá; definió un estilo y fue súper influyente para lo que vino después. Es muy grande", dice Matías y asegura que entendió la real importancia de la banda cuando leyó De las Cuevas al Solís, el libro de Fernando Peláez. "Porque el recuerdo que tiene mi padre de esa época es de fracaso económico, pero en realidad fue una banda que tocó en todos lados y llevó mucha gente. Para mí hacer esto es una presión: está buenísimo, pero es una presión. Porque en ese momento, en esos dos discos que hicieron, hubo magia".

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