ENTREVISTA CON UN HISTÓRICO DEL ROCK

"Hice un buen trabajo con Zeppelin"

Robert Plant habla de ser un rockero a los 68 años y del juicio por “Stairway to Heaven”.

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Robert Plant, exvocalista de Led Zeppelin. Foto: Gregg Delman / Difusión.

Incluso en bermudas parece un gentleman. Robert Plant llega sin asomo de resaca tras la brutal actuación de la noche anterior. Son las 10:30 y está despierto, como prueban sus ojos que persiguen cada mujer que se mueve por la piscina de su hotel de Cascais. Robert Plant se siente un superviviente de otra época.

A sus casi 68 años —los cumple en agosto— el cantante y letrista de Led Zeppelin sigue en la carretera a su ritmo. Desde la segregación de Zeppelin ha trabajado con el propio guitarrista del grupo, Jimmy Page, con la cantante country Alison Krauss y con diversas bandas. Desde 2012 le acompaña Sensational Space Shifters, "colisionando" el sonido duro de su legendario grupo con músicas africanas y del Misisipi.

—¡Una estrella del rock despierta a las 10 de la mañana!

—Realmente los tiempos están cambiando. Los héroes modernos han de estar siempre activos. Si quieres seguir trabajando en estos días en los que la música sufre tantas cambios, tienes que estar despierto, atento, y amar este mundo. No es como en los setenta en Los Ángeles.

—¿En la época de su gran éxito con Led Zeppelin?

—Sí, pero también con experiencias dramáticas. Tuve un accidente de auto muy grave; perdí a un hijo de cinco años... No me quedé colgado en el país de las maravillas; no creo que puedas esconderte de la realidad. Pero de repente sos más consciente de tu talento, de lo que puedes hacer y de lo que no. Comprendí que no podía ser solo un cantante, que tenía que ser algo más para estimularme a mí. No espero que nadie lo haga por mí.

—Su voz, seleccionada en varias ocasiones como una de las mejores de la historia del rock, sigue intacta. No me diga que se toma miel antes de acostarse.

—Por supuesto. Miel, limón y jengibre cada noche. También tengo un grupo que me deja espacio para expresarme y yo les dejo espacio a ellos para crecer, por lo tanto puedo visitar viejas canciones y cambiarlas de arriba a abajo. Aún son increíbles, pero aparecen desde diferente ángulo y eso hace que cante con ese dinamismo. Cuando llegas a cierto punto de tu vida, tienes que dar sentido a lo que dices y saber repetirlo con la misma energía siempre. Hay que ser creíble, tienes que atrapar a la gente.

—Dieciséis actuaciones en ocho países solo en julio, ¿es demasiado para su cuerpo?

—No, esta es una gira de las fáciles. Este no es el trabajo de un héroe, es el trabajo de un pragmático. Si tardas demasiado entre un show y otro, pierdes la motivación, el ritmo. Esta es una gira tranquila, pero desde luego no soy un joven y lo agradezco.

—Entre el rock duro de Led Zeppelin y la sensibilidad de Raising Sand con Alice Krauss hay varios mundos. ¿Cómo se llega a esa transformación?

—Un día mis hijos me dijeron: "¿Papi, te vienes a Ibiza?", y yo les respondí: "No, me voy a Luisiana". Mi obsesión es encontrar las huellas de la historia de la música americana: la música cajún, tipo Bon Ton Roulá, las últimas sombras de ese black blues extraordinario que se hizo en 1940 y 1950, Carl Perkins, música de las montañas Apalaches, y unirlo con sonidos más contemporáneos. Tienes un tipo de teclados en Massive Attack y a un tipo que toca un violín de una sola cuerda. Consigues una colisión, no estás mezclando esa mierda de música bonita, es una increíble colisión.

—¿Qué queda de su lado inglés?

—Cuando fui a América, bebí de la copa de aquella música afroamericana, volví y dejé de lado a los ingleses. A la pobre y agotada Inglaterra, con sus pecados y ridiculeces. Dejé el té de las cinco, el fútbol y volví a poner en marcha este proyecto con la Sensational, donde mezclamos todo.

—Un gran salto...

—Escucha, yo puedo hacer cosas muy diferentes y puedo trabajar en cualquier parte del mundo. No puedes traer a Alice Krauss a un festival multitudinario y tocar música de violín, sería peligroso. Esto es energía pura; pero nosotros trabajamos muy bien juntos. Me gusta cantar con mujeres.

—Todo artista lucha entre dos fuerzas contrapuestas: seguir haciendo lo que le piden sus fans o adentrarse en lo desconocido. ¿Cómo lo lleva?

—Es verdad. Lo primero de todo es la creatividad; la autosatisfacción es número uno; el público es solo un voyeur. Puede mirar y quedarse con lo que ve o puede largarse. Un artista tiene que ser honesto y poderoso, y tiene que mezclar. Conozco, y es muy triste, a mucha gente famosa que me dice: "Robert, tú puedes hacerlo, tú eres libre". Y es verdad.

—¿Siempre fue libre?

—He sido libre durante los últimos 36 años (se refiere a la separación de Zeppelin), cuando comencé a establecer mis reglas.

—Hace años le ofrecieron un cheque de 200 millones de dólares por hacer una gira con Led Zeppelin y renunció; sin embargo no reniega de cantar canciones de su viejo grupo.

—Claro, hice un buen trabajo en Led Zeppelin. Yo soy Led Zeppelin, he cantado, he escrito sus letras...

—Hace unas semanas, quedó absuelto de plagio por la emblemática "Stairway to Heaven".

—Fue una locura, insano, una increíble pérdida de tiempo. Hay 12 notas fundamentales en la música occidental, y te dedicas a moverlas. No teníamos que haber llegado hasta los juzgados, pero era nuestra canción. Hablé con Jimmy (coautor de la canción) y dijimos: "Vamos a por ellos". ¿Si no defiendes tus derechos, qué vas a hacer? Nunca te imaginas que esto te va a pasar. Te sientas en un lado de la colina, miras las montañas, escribes música y después de 45 años salen con esto. ¡Dios mío!

—¿Cómo lleva Internet, la piratería?

—No me importa la piratería. Forma parte de cómo se está abriendo todo. Adoro lo desconocido e Internet ayuda porque descubre cosas que no vas a escuchar en la radio ni en los medios internacionales; música oscura, muy bonita, de la que tú no vas a escribir porque es underground, y ahí empezó Led Zeppelin. La piratería no es el final del mundo.

—¿Pero no pagan?

—(Se ríe) Yo ya he sido pagado. Ahora mi paga es sentirme bien con lo que hago. Ciertamente, para mí, es fácil decirlo.

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