MARTÍN BUSCAGLIA

"Una guitarra basta para todo"

El músico toca mañana y el jueves con su banda en el Solís.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Cuando tocás, estás escribiendo un libro en tiempo real". Foto: D. Bonjour

Martín Buscaglia empezó a tocar en Argentina en 2000, con la salida del disco Plácido Domingo. Desde entonces no ha parado de hacerlo, "lentamente pero sin pausa", dice. La verdad es que en el último tiempo su agenda del otro lado del río está siempre repleta. De hecho, al momento de la entrevista con El País estaba recién llegado de una seguidilla de shows, que lo cansan pero a la vez lo dejan "encendido".

En un pequeño estudio en el que hay consolas, un piano, un armonio que suena a Edad Media y que encontró empolvado en un remate, guitarras y otros instrumentos de cuerda colgados o en sus estuches, partituras, apuntes y juegos de palabras, el músico toma un té frío.

Vive a un par de casas de su madre Nancy Guguich, la fundadora de Canciones para no dormir la siesta y de Cantacuentos; de su hermano Paolo, y en la placa de nombres que está en la entrada figuran desde Gustavo Montemurro hasta los Ibarburu. "Algunos están y otros ya se fueron, pero siempre entra y sale algún músico", comenta Buscaglia con una sonrisa.

Está preparando junto a los Bochamakers dos shows que se presentan como rituales paganos, y que serán mañana, miércoles, y el jueves a las 21.00 en la Sala Zavala Muniz, del Teatro Solís. Va a haber canciones de todas las épocas, dice. "Los Bocha son un equipo contundente y tenemos un lenguaje debido a la calidad, sapiencia y coloque de los músicos que lo integran, pero eso es un elemento más, que facilita el ensamble". Antes de volver a presentarse en esa sala y de ponerse a grabar un nuevo álbum, charló con El País del momento actual, de los últimos discos que editó, del legado de sus padres y de su vínculo con la obra de Horacio "el Corto" Buscaglia. "Aprendí que tenés que hacer lo que sentís que tenés que hacer, y que no fallás", dice.

—Estás tocando mucho en Argentina. ¿Te cansa la rutina de viajar?

—Sí, lo que pasa que la recompensa es por lo que decidí ser músico, y me di cuenta haciéndolo. Suelen estar buenos los toques, pero cada tanto se da alguno que queda en el recuerdo y esa posibilidad es para lo que vos vas también a un concierto, o lees un libro: para conectar de esa manera. Cuando tocás, estás escribiendo el libro en tiempo real. Entonces cansa pero te deja en un lugar medio ninja, que no tenés tiempo para tonterías.

—¿Eso te quita tiempo para componer, o lo lográs optimizar?

—En los viajes más que nada recabo especies; después llego acá y veo si eran algo. Pero ese cansancio te deja encendido, una vez que lo hacés nunca te vas a arrepentir.

—¿Qué artista has descubierto en estas idas a Argentina?

—Hace ya un tiempito, el que me gusta más de todos es Lucas Martí. Es un capo. Es el hermano de Emmauel Horvilleur pero pobre, ese dato lo deben decir todos. En un mundo donde Miranda! fueran los Beatles, Dani Umpi sería los Sex Pistols y Lucas sería Frank Zappa. Tiene una apariencia muy pop, pero si prestás atención es deforme, muy musical y singular.

—Tenés instrumentos por todos lados en esta casa.

—Sí, y los uso todos. Es por avidez natural, que me pasa con otras cosas y además con los instrumentos, porque trabajo con ellos.

—Cuando viajás a tocar, ¿con qué instrumentos te vas?

—Cuando empecé a armar lo del hombre orquesta, hace 15 años, necesitaba que tenía que mostrar más cosas, que me quedaba corto. Rápidamente me di cuenta que una guitarra basta para todo, y ahora sé que todo lo que se genera tocando con los Bochamakers se puede generar con una guitarra. Y estoy sintiendo otra cosa cuando estoy tocando, que va más allá de la comodidad, del sentirse relajado. Te hablo de algo íntimo, que no estoy seguro que se note en la música pero espero que influya.

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—¿Más emocional?

—Es emocional y relajado, de saber que no hay error posible. Que está todo bien, podés improvisar o tocar cansado y vas a ser vos.

—Pero tus shows, sea en solitario, como el hombre orquesta o con la banda, son una experiencia que va más allá de lo musical. Es también físico y emocional.

—Qué bueno. Bueno, es por ahí. No lo sé poner mucho en palabras, no sé cómo decirlo pero es un lugar en el que me voy a quedar, más allá que cambie las canciones, los formatos, la ropa o cualquier cosa.

—A veces parece que la música fuera parte de tu cuerpo.

—Hay algo de eso. Lo que me da lástima que todo lo que hable contigo ahora, después me voy a dar cuenta que había otra manera de ponerlo en palabras, más simple.

—¿En qué momento de tu disco nuevo estás?

—Terminando de componer cosas, grabando maquetas de otras. Me pasó en los últimos años que perdí la compulsión cancionera. En el último tiempo hubo un talibanismo de decir: lo que falta en este momento son las canciones. Pero la canción es un elemento más en pos de un fin superior, que es la música o eso religioso que te da el arte en general.

—¿Qué significó el disco Experiencias musicales, con Antolín?

—(Piensa) Como es el último, es el que está más cerca de lo que soy hoy en cuanto a cabeza y sonido. Fue laburar con alguien que vive todo el tiempo en el lugar por el que vos, para hacer algo que tenga valor, tenés que pasar por ahí e irte, para seguir siendo ciudadano. Ese grado de pureza religiosa que tiene Antolín es la que buscás.

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—¿Tuviste que reconciliarte con la obra de tu padre?

—Siempre la tuve presente. No sé quién dijo que si sos parricida de alguien que fue libertario, tendrías que transformarte en un facho, entonces no necesité nunca eso. Al mismo tiempo se genera una fantasía, porque lo de seguir un oficio familiar es recontra común. Hay unas fantasías, de "tocaste con no sé quién", no sé. Es un oficio más.

—¿Hubo algún momento clave en tu acercamiento a la música?

—No, recuerdo en la adolescencia decantarme específicamente por la música, pero no la descubrí ahí. Estaba en mí desde siempre, como la calle, el "rioba". Podrá ser visto como un prejuicio pero no me importa, lo considero definitorio. Para meterte en algo creativo es clave estar en una cosa cruda que te la da la calle. Hay una caretez si te falta eso.

—Creciste teniendo cerca a Ruben Rada, Eduardo Mateo, Urbano Moraes. ¿Cuál de esos personajes te llamaba más la atención?

—Ninguno, porque no era desde un lugar diferente. Yo no quería ser como ellos: ya componía, ya tocaba. Después tengo recuerdos más anímicos, por ejemplo a Walter Venencio que es con quien mi madre creó Canciones para no dormir la siesta. Y a Urbano, que para mí es Miles Davis. Es un ejemplo absoluto, no es músico: es música.

—¿Ser hijo de artistas te llevó a estar en tránsito desde siempre?

—Pero sin darme cuenta. Al mismo tiempo que tenía una cosa rebarrial, tenía trasnoche en un teatro, o eso de quedarte solo en tu casa y cocinarte porque se iban a tocar no sé a dónde. Antes no supe expresarte lo de las fantasías, y tiene que ver con la tragedia del arte también: más allá que de chico notaba que mis viejos eran referentes, no teníamos un mango. ¿Por qué? Porque todo lo que se generaba iba al arte. He contado de una vez que estuvimos sin luz como un mes y todo seguía normal. Una vez mi viejo metió un premio o lo despidieron de una agencia, íbamos a pagar la luz, cayó gente y se terminó gastando la plata en una fiesta.

—Una fiesta con velas

—Con velas, sí. Me lo acuerdo hasta hoy, sin ningún rastro de sufrimiento. Hay prioridades y eso sigue, y creo que comparto con cualquier músico que se precie. ¿Tenés que comprarte una guitarra? Hacelo. ¿Eso va a hacer que sigas viviendo en un cuchitril así? Sí, pero es así.

Un proceso musical que involucra a una banda, a tres discos y a un futuro incierto

"Siento que estos toques que voy a hacer en la Zavala son como... no te digo un cierre, pero me estoy por poner a grabar un disco y voy a ver cómo sale. Qué es lo que quiero yo, qué quieren las canciones y los instrumentos, y voy a ver si hay que reformular la sonoridad", dice Buscaglia respecto a esta doble fecha en la Sala Zavala Muniz.

"Con los Bochamakers tenemos un recorrido divino, caudaloso que dejó una marca", resalta respecto a ese dream team que completan Mateo Moreno, Martín Ibarburu, Matías Rada y Herman Klang, a quienes llena de elogios.

Buscaglia viene de lanzar, sin darse cuenta, una "trilogía de combustión espontánea": editó El pimiento indomable a dúo con el español Kiko Veneno; Somos libres, producto de un recital que no fue pensado como disco, y Experiencias musicales, con Antolín. "Ahora se abre otra escotilla", asegura.

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