CLÁSICA

Grandes voces sobre una puesta transgresora y controversial

Dido y Eneas. Opera de Henry Purcell. Dirección musical: Ignacio Polastri. Dirección escénica: Sergio Luján. Arte y vestuario: Sergio Marcelo de los Santos. Iluminación: Nicolás Benavidez. Elenco: Kaycobé Gómez, Santiago García, Flavia Berardi, Stephanie Holm, Marcela Redaelli, Manuela Rovira, Marion Jones y Martín Gestido. Dónde: Teatro del Anglo. Cuándo: 27 de agosto.

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DIDO Y ENEAS: la nueva versión tuvo un gran trabajo vocal. Foto: archivo El País

El estreno local de la versión completa de Dido y Eneas fue en 1945 a cargo de la Orquesta de Cámara y el Coro del Instituto Cultural Anglo-Uruguayo dirigidos por Eric Simon. La última vez fue en 2007, con la Orquesta y Coro del Sodre dirigidos por Antonio Domenighini. Ahora el codirector del Coro Nacional del Sodre, Ignacio Polastri, la retoma con una orquesta de cámara cuyo concertino es el violinista Gastón Gerónimo, y un coro compuesto por miembros del Grupo Vocal Opsis y de De Profundis.

La soprano Kaycobé Gómez en el rol de Dido lució su hermoso y amplio registro vocal, teniendo su momento más notable en el aria final. El barítono Santiago García como Eneas demostró poseer un buen caudal vocal, pero tendría que cuidar más los matices. La soprano Flavia Berardi como Belinda tuvo un desempeño vocal muy bueno; lo mismo la mezzosoprano Stephanie Holm como hechicera. Las participaciones de Marcela Redaelli y Manuela Rovira como brujas, de Marion Jones como segunda dama y de Martín Gestido como marinero fueron contundentes. Merece un reconocimiento especial el coro que tuvo doble tarea: lo musical y todos los movimientos que se le exigieron en el escenario.

La preparación que realizó Polastri del coro se vio reflejada en el resultado, pudiendo apreciarse una impecable afinación, respeto del estilo barroco y un magnífico empaste de las voces. La orquesta acompañó dignamente.

La puesta en escena de Sergio Luján fue transgresora y polémica; hubiera sido más loable que no desviara tanto la atención de lo musical. El espectador va a asistir a una ópera que si bien tiene su parte escenificada, debe ser equilibrada con la música, o de lo contrario se convierte en una obra principalmente teatral. La puesta dispersó al espectador, que debía mirar y leer mensajes, denuncias e imágenes descontextualizadas proyectadas sobre el telón; leer los subtítulos pues la obra era cantada en inglés, prestar atención a las actuaciones y observar lo que realizaban varios figurantes por el teatro. Es una lástima que después de tantos esfuerzos, esta saturación visual hiciera que el público se fuera sin haber comprendido cuál era la esencia de esta ópera.

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