NOVEDADES EDITORIALES

Las máscaras y el realismo sucio de un escritor local

Hoski sigue la línea de la autoficción en Ningún lugar.

Hoski
Hoski. Foto: Darwin Borrelli

Discos de Buitres, Los Estómagos y La Tabaré llegaban a su casa por influencia de su hermano y eso fue, para un adolescente que escribía letras de canciones y “juraba ser Gabriel Peluffo”, una puerta de entrada a la literatura. Las referencias a Charles Bukowski, Juan Carlos Onetti o Idea Vilariño lo sorprendieron y le fueron marcando el camino.

Desde ahí, desde el viaje que una mente puede hacerse en torno a la obra de otro, José Luis Gadea fue cambiando hasta transformarse en Hoski, nombre con el que firma sus obras y personalidad que engloba todo lo que hoy es: músico, poeta, escritor, performer y docente.

Ningún lugar es el último título en incorporarse al catálogo personal de Hoski, una continuidad de relatos que van y vienen en el tiempo y en la autoficción, procurando ser un único texto, una sola cosa, pero sin dejar de ser “un juego de máscaras”.

“Y no es la única máscara que uso”, explica el autor en charla con El País, “porque al mismo tiempo estoy haciendo música en otro proyecto, y tengo mi lugar como el profesor Gadea. Eso me permite jugar con cosas paralelas y también mentir. El libro miente, en buena medida: miente, agranda, genera un mito”.

Hoy, el proyecto de Hoski en su realidad narrativa es generar “una gran obra suma de autoficción”, y para eso, en Ningún lugar habla siempre en primera persona, y empieza cada relato con una cita a su propia obra, para mantener el nexo con lo que ha hecho anteriormente y para generar una red macro que lo articule todo. En el camino, plantea líneas estéticas que tienen que ver con lo que es y lo que quiere ser de acá en más.

Ningún lugar es, desde el principio, toda una experiencia a la que es necesario entregarse sin prejuicios y sin mayores intenciones de saber qué es o no verdad de todo lo que Hoski se adjudica para sí.

Hay crónicas de noches en cibercafés de mala muerte, hay sexo explícito (homosexual y heterosexual), hay momentos de ternura y de tristeza profunda, de amor, hay viajes y conciertos de rock salvajes. Hay por todos lados realismo sucio, abordado desde un lugar interesante: el lugar de un hombre no montevideano, desde el lugar del sin lugar.

“El viaje es mostrar lo obsceno al extremo, y en ese viaje mostrar la subjetividad del tipo, mostrar su alma”, explica Hoski. “Una de las influencias del libro, más que Bukowski, es John Fante. O Dostoyevski también. Los tipos logran mostrar una decadencia pero no dejan de ser humanos. Yo no sé si lo logré, pero era mi intención”.

FICHA TÉCNICA
Ningún lugar
Ningún lugar
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